Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...



El profesor y politólogo, Drago A. Soledad, subido en el “podium” ejercía su oratoria con gran poder de convicción:

«En la árida disputa en la que están inmersos nuestros gobernantes y demás partidos políticos, los seres humanos nos dejamos embelesar por las brillantes formas que tiene el poder de “imbecilizarnos” dándonos noticias falseadas de cómo está nuestro país, sin acercarse a la calle, viéndolo todo desde sus púlpitos honorables. Esta Casta de corruptos “roba biberones”, ladrones de guante envenenado. Son los que nos están pisoteando, robando nuestra dignidad, matándonos de hambre. ¿Cuánto tardarán en quitarnos también el agua y matándonos también de sed?¿Y hasta cuándo se lo vamos a permitir? ¡¡Basta ya de dejar que nos roben o nos aniquilen! ¿¡¡Estáis conmigo!!?

La multitudinaria ovación que siguieron a sus últimas palabras, de los cientos de universitarios y transeúntes que llenaban el recinto, taparon el ensordecedor sonido del disparo de un fusil de mirada telescópica de gran precisión, posiblemente un “Barrett M82A1”, «se suele usar este fusil para detonar explosivos a largas distancias». (Se supo después). Nadie pudo ver cómo la bala penetraba como un obús por su hueso occipital y le salía por la boca, atravesando hueso y llevándose masa encefálica, dientes, partes importantes de encías y huesos microscópicos, que pasaron a formar parte de la tierra y el césped de aquel recinto universitario. No, nadie lo pudo ver, salvo verle vencer hacia adelante y caer de cabeza desde el “podium”; que lo había convertido, sin querer, en el blanco perfecto para un asesino frío y desalmado, al que nadie pudo ver, (tal vez debido a la sorpresa de ver caer a su idolatrado profesor del “podium”)... cómo saltaba con una agilidad de deportista consumado por la parte posterior del tejado del claustro universitario y desaparecía sin dejar rastro. Nadie tampoco se pudo dar cuenta de cómo desde una ventana del tercer piso del claustro “alguien” marcaba un número de nueve cifras y tras un corto saludo decía la frase clave “todo tranquilo, señor”.

Días después de dar la noticia todos los periódicos del país, el mundo seguía igual, nada había cambiado y la gente caminaba por las calles completamente idiotizadas.

Artículo propiedad del periódico “El artificial”, con sede en La esfera y firmada por: Puta política.