Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 21:28:00

    «No podía dejar pasar más tiempo sin decírselo, aunque no se lo mereciera por lo mal que se estaba comportando últimamente con ella, no sabía qué le podía pasar pero, lo notaba de un tiempo a esta parte, muy frío y seco con ella». — pensaba entristecida Sonia.


    Diga — preguntó javier llevándose el móvil a la oreja derecha.
    ¡Javier, so mamón, muchas felicidades! — se escuchó al otro lado la fuerte carcajada de Carlos.
    ¿Felicidades? ¿de qué me hablas Carlos, acaso es mi santo o qué? — miró Javier el calendario que tenía justo enfrente, colgado en la pared. — porque mi cumpleaños no es, de eso no tengo ninguna duda, aclárate —. dijo viendo finalmente que, efectivamente no era su santo.
    ¡Leches! — escuchó el exabrupto al otro lado de Pedro. — Pero... ¿no te ha dicho nada Sonia? ¡Joder, si seré bocazas! — farfulló Carlos enfadándose consigo mismo.
    ¿Qué... qué me tiene que decir? ¡Habla coño! — le requirió Javier alzando la voz.
    Es que... ¡joder tío, no sé si debo! Si ella no te lo ha dicho... supongo que te querrá dar una sorpresa... no se, se va a enfadar mucho conmigo si te lo digo — dijo no muy convencido Pedro — mejor pregúntale a ella — dijo colgando seguidamente, queriendo evitar más preguntas.





Papá― Llamó Claudia. Una criatura preciosa de tan solo doce años de edad;
rubia y de ojos azules.
Se parecía mucho a su madre, pensó Javier, al girarse a su llamada y mirarla.
Ha venido una mujer, preguntando por ti, papi.

Javier se sorprendió; «¿Una mujer? ¿no sería...? Pero... ¿cómo se habrá atrevido…? — se preguntaba para sí asustado.

¿Qué mujer, cielo, dime? ― no obstante le preguntó a la niña, no sin cierto nerviosismo.

Papá, era una chica de raza musulmana, me extrañó que preguntara por ti, y no le dije donde estabas, solo le dije que no estabas en casa. Incluso la dije si quería hablar con mamá pero…

¡NO!... ― El grito de Javier sorprendió a la niña que lo miró entre asustada y sorprendida, nunca había visto a su papá así, de manera tan convulsa y descompuesta.
Dándose cuenta del susto y gesto de sorpresa de su pequeña, Javier forzó una sonrisa que quería ser tranquilizadora al decirle;

No hija, ya hiciste bien cuando le dijiste que no estaba, pero tu ya sabes que no debemos molestar a mamá con visitas inesperadas, sabes que no está bien, está agotada de tomar tanta medicación y los dos años de aguantar en cama toda la enfermedad…
Cáncer de páncreas―. Se estremeció sin poder evitarlo Javier, al pensar en la terrible enfermedad de su mujer, la quería tanto que... al llegar a este punto no pudo evitar soltar dos pesadas y silenciosas lágrimas cargadas de dolor . Les dieron el diagnostico un par de años atrás, según le dijo el doctor Durán, el especialista médico de su esposa; «El cáncer pancreático es el peor diagnostico de todos los tipos de cáncer, probablemente y el más doloroso.
Por su naturaleza esponjosa y vascular del órgano y por sus vitales funciones endocrinas y exocrinas. La cirugía del páncreas es muy problemática por los tejidos suaves y esponjosos que conforman el órgano, haciendo extremadamente difícil las suturas».
Después de la parrafada, lo peor; «no existía cura». Solo medicina preventiva, y solo para paliar los desastrosos efectos de la enfermedad no para curarla. — Le había dicho dándole nulas esperanzas.

Sus pensamientos fueron cortados por un suspiro impaciente de la niña, ella no entendía lo que le estaba sucediendo a su papá.
Viendo la cara triste e impaciente de su princesa, de un manotazo, Javier, se limpió las lágrimas y se recompuso al instante. No debía preocupar a su pequeña Claudia. Bastante tenía siendo aún tan pequeña de cuidar a su madre en sus obligadas ausencias por motivos de trabajo.

No te preocupes cielo, no es nada, tu papá que es un tonto―, sonrío de manera forzada.
Eso sí, si esa chica vuelve por aquí y tú estás sola con tu madre, no la dejes pasar. ¿Entiendes, hija? Es muy importante que me entiendas, esa mu-jer no de-be ver ni ha-blar nun-ca con ma-má ¿entiendes?― sentenció Javier que, más que pronunciar, deletreó una por una las sílabas para hacérsela entender.

Pero, papá…― se quejó débilmente.
Si es una chica muy dulce―, prosiguió Claudia ¡y muy guapa! enseguida se la coge cariño, y además me dijo que ella, y yo, íbamos a ser muy buenas amigas, «como lo era de mi papá». Así me dijo y yo…
¡Calla! Y no digas tonterías…― La calló al instante Javier, sin poder disimular su enfado, al darse cuenta de las intenciones que parecía tener aquella mujer. «Una joven marroquí, a la cual conoció hacía unos meses atrás, cuando llevado por la angustia, la tristeza, y mucha necesidad «fisiológica». Hizo caso de un amigo, y entró en aquel prostíbulo. Nada más entrar, tímidamente, «pues jamás había pisado uno», la vio tras la barra. ¡Era preciosa! se preguntó enseguida qué podía hacer una belleza así en aquel prostíbulo, sucio y despreciable. (Así se sentía él, al estar allí dentro, despreciable, mientras su mujer se moría lentamente en casa). Ni él se lo podía creer, siempre le fue fiel a su mujer, la amaba tanto.

La pequeña se calló pero disgustada. «Su papá no solía hablar así y mucho menos a ella, más bien al contrario, siempre era muy dulce y cariñoso. Debía de estar muy preocupado por alguna cosa». — Pensaba la pequeña, mientras se dirigía a la cocina. Justo había preparado el plato preferido de su papá, y esperaba que una vez y lo viera en la mesa le volviera el buen humor.

Javier, observado el disgusto de Claudia, se mordió los labios y se mesó sus rizados cabellos, muy nervioso y disgustado, él no era así. Quería tanto a su pequeña princesa… ¡Tan idéntica a su madre!, que se sintió dolorido y frustrado por haber sido tan brusco y seco con ella.

Respiró fuertemente intentando tranquilizarse y se dirigió a la habitación, nada más entrar vio cómo su esposa lo miraba… sin ver.

Hacía diez meses que había perdido la visión, culpa de la fuerte medicación y un exceso de azúcar en la sangre. No se pudo hacer nada por conservarle la vista.
Se acercó silenciosamente, no quería perturbarla, tan solo observarla… siempre lo hacía; se pasaba horas y horas, observándola.
Cuando por fin ella se percataba de su presencia, (que era casi siempre muy rápido) se limpiaba velozmente las lágrimas que fluían de sus ojos como ríos. Entonces se acercaba para besar dulcemente los labios de su esposa.

Sonia, su esposa, no tardaba ni un segundo en buscar y acariciar el rostro aún húmedo de Javier, siempre lo hacía, comprobaba si Javier lloraba, se negaba a que su esposo sufriera por ella, le amaba muchísimo… Javier lo sabía, y ese era el motivo por el cual lloraba en silencio, sin que ella se percatara.

No, cielo mío, no estoy llorando… ¿te lo prometí, recuerdas?― Cogió con sumo cariño la mano de sus esposa besando cada dedo dulcemente, después le besó la palma. La contempló en toda su hermosura; la enfermedad no había podido arrebatársela entera y aún conservaba parte importante de su frescura, como si fuera un preciado tesoro. Luchando, día sí día también contra los terribles dolores que la aquejaban y que la obligaban a estar muchas horas sedada.

Ahora parecía estar extrañamente serena.

¿Quién vino, mi amor?― La pregunta le cayó a Javier como una bomba de relojería, por inesperada.

¿Quién mi amor…? ¿Ha venido alguien en mi ausencia?― La mintió sin saber qué más hacer o decir.

¡Javier!  Que estoy ciega, pero no sorda―, protestó Sonia―, escuché el timbre de la puerta y las voces de dos personas, una era tu hija, Claudia, la otra, una joven con una voz muy dulce que… no, no te preocupes, amor, no voy a echarte nada en cara―, lo miró a los ojos… sin ver, sintiendo el temblor de su mano. Por unos instantes se le quebró la voz.
Cielo, no eres viejo y eres muy atractivo, te mereces otra oportunidad― ¡No! no digas nada, ¡cállate por favor! — gritó ahogadamente Sonia con voz muy débil, cuando advirtió que Javier iba a interrumpirla.
Déjame hablar, por favor… no me queda mucho tiempo―. Dicho esto, Sonia volvió a pasar sus manos por el rostro duro, pétreo y enérgico de Javier. Un hombre que se hizo así mismo, luchador, que siendo un niño dejó los estudios para ponerse a trabajar en la construcción, y que supo, él solo, sacar a su madre y a sus dos hermanos adelante. (Su padre murió trabajando en las minas de carbón). Él estudiaba por las noches y por el día trabajaba doce horas.
Sangre y lágrimas le costó sacar a su madre y hermanos adelante. — Recordaba Sonia lo que Javier le había contado.
Por esa razón no quería que su marido sufriera por su culpa, y odiaba que nadie llorara por ella, jamás quiso lástima de nadie, y menos la consentiría de su marido.
A Javier le costaba un gran esfuerzo no derramar las lágrimas que pugnaban por ganarle la batalla y escapar como un manantial de sus ojos. Lo logró con gran esfuerzo y las contuvo. Justo a tiempo. Su esposa volvió a acariciarle el rostro en busca de esas lágrimas.
No las encontró y suspiró enternecida; no la engañaba, por el latir de su corazón, sabía que el alma de Javier estaba desgarrada, suspiró aliviada… quiso proseguir pero entonces le vino un ataque de tos y no pudo continuar.

Calla, calla mi amor, luego sigues, no te agotes― la tranquilizó Javier poniendo su dedo índice en los labios de su esposa y dándole a un tiempo un pañuelo blanco, que, enseguida, se puso rojizo de sangre de los esputos sanguinolentos salidos de sus entrañas, enfermas por el cáncer. Javier la abrazó envolviéndola con sus fuertes brazos mientras la daba tiernos besos en la frente.

Sonia ya no pudo proseguir su discurso, moría segundos después en brazos de Javier sin apenas un suspiro.

Al percatarse de la muerte de Sonia,  el desgarrador grito de Javier, moría también dentro de sus entrañas… fue una extraña mezcla de dolor, compasión… amor ¿alivio? Pensó entonces en lo que llegó a sufrir una vez, pensando, equivocadamente, que Sonia  lo engañaba con su mejor amigo... cuando lo que hizo su mejor amigo fue, sin lugar a dudas, el ser el salvador de su matrimonio pues él fue, en complicidad con Sonia,  quien le dio la parte de felicidad que le faltaba, la de ser padre. Y él pensando en que los dos eran amantes, cuando lo que realmente estaba haciendo su amigo fue aprovecharse de su puesto de ginecólogo en el hospital para descubrir por medio de complicadas y costosas pruebas el problema de Sonia para quedarse embarazada y, una vez descubierta la raíz del problema poner la solución mediante costosos medicamentos que Sonia  jamás tuvo que costear pues era sacado del laboratorio del hospital por su amigo Carlos. Mucha suerte tuvo que nunca se enteraron sus jefes más directos.

No pudo seguir con sus pensamientos ni expresar todo lo que sentía en esos instantes para no alarmar a su pequeña Claudia. ¡No debía! debía de ser fuerte, tenía que decírselo e iba a ser muy duro, la conocía, su pequeña era muy fuerte, casi mucho más que él, pero, no dejaba de ser una niña.

No acababa de pensarlo que la pequeña Claudia entraba muy sonriente en la habitación gritando;

¡Papá, papá! ¡Tienes la comida en la mesa…!―, Claudia no pudo continuar, se acababa de dar cuenta de lo extrañamente quieta que estaba su mamá en los brazos de su padre. Su papá la miraba fijamente con un brillo inusitado en la mirada. Conocía ese brillo, era el que tenía siempre que su mamá sufría un ataque y tenían que inyectarle un fuerte calmante, receta del médico de familia. El brillo que precedía a las lágrimas. «Su papá… había llorado».

¡Mamá…! ¡Mamá, contéstame dime algo…!― La pequeña la zarandeaba por los hombros desesperada, mientras los sollozos se escapaban de sus labios sin poder evitarlos.

¡Háblame, mamá! ¡Papá, dile que me hable, por favor papá no dejes que se muera, la necesito,,,! ¡PAPÁ!―. El enorme grito de su hija, dejó a Javier, una amarga y desagradable sensación en la boca del estómago. ¿Qué la podía decir? Sin decir nada, dejó
suavemente a Sonia  en la cama, y dejó que su hija se desahogara sin decir ni hacer nada para impedirlo.
Claudia tenía derecho a llorar, él ya había llorado lo suyo durante esos dos largos años.
De repente ocurrió algo, que por inesperado, pilló a Javier de sorpresa. Escuchó a su hija, a su pequeña princesa, ésta lo miraba fijamente, sin soltarse de una mano de su madre, mientras se secaba las lágrimas con la otra y le decía;

Papá, no te preocupes, mamá no se ha ido, ella sigue con nosotros, jamás nos dejará―. Dicho esto, se levantó de la cama y se lanzó a los brazos de Javier.
Ahora sí que Javier  no pudo aguantar más la tensión y dejó escapar los sollozos que durante tanto tiempo mantuvo encerrados en su alma. Los dos abrazados, los dos mirando el cuerpo inerte y sin vida de Sonia.  Ciertamente, ella seguía allí, en el corazón de ambos, en sus pensamientos y recuerdos, en sus almas. Efectivamente, todo el amor que Sonia  les había dado, seguía allí con ellos y sabían además, que jamás los abandonaría.