Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...




Otoño, atardeciendo, un sol debilitado y rojo ocultándose por el Oeste, paseaba yo por un pequeño puentecito cuando escuché (más que ver) una voz que, decía chillona; “ahí va el sapo más gordo y feo de toda la charca”. Me paré muy sorprendido y, no fue hasta que di varias vueltas sobre mi mismo que lo vi... justo al otro lado de la charca y subido a una enorme y amarilla hoja de abedul, mirándome muy orgulloso e inflando su gran papada, bueno, ejem... más que verlo intuí que me miraba pues, ese día no llevaba las gafas puestas (y la edad no perdona...) era un enorme sapo, pero lo extraño no era que el sapo estuviera allí y que él hablara, faltaría más... no, lo increíble es que me hablara a mi y, lo que era aún peor, !yo lo entendiera!

Desvié un instante la mirada mirando hacia el cielo, quizás creyendo que así desaparecería o rogando a dios porque así fuera, no lo sé... el caso es que lo volví a escuchar y ahora fue aún más incisivo y ofensivo. “Míralo, y se hace el desentendido... ¡eh, so mamón, grasiento y gordinflón, te hablo a ti, sal de mi charca y date el piro!” — me dijo con su chirriante y chillona voz. Esta vez no hubo duda, ¡se estaba dirigiendo a mí!(no había nadie más) y he de reconocer que me sentí muy ofendido, ¡muchísimo! tanto que, apartando orgulloso la mirada inflé mi papada al máximo y huí saltando al charco y desapareciendo bajo las sucias aguas... aún pude escuchar el desagradable y chirriante eco de sus carcajadas hirientes burlándose de mi.