Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...


    Javier se levantó al llegar Marta a su altura dándole un beso en cada mejilla, que Marta correspondió. Todo muy escueto, inexpresivo.

    Una vez acomodados los dos, se miraron fijamente sin mostrar emoción alguna. Marta era una mujer de unos cuarenta y cuatro años, alta, con líneas ampulosas, morena y de ojos marrones, casi ocultos por unas feas gafas de pasta negra, no era guapa pero tenía una belleza superior, la de su interior, tenía un alma muy noble y un corazón que no le cabía en el pecho de buena persona y excelente amiga de sus amigos que era.

      Javier fue el primero en hablar y fue al grano.
    — Ha llegado la hora de ejecutar la orden que se nos dio — fue enérgico Javier desde sus ciento veinte kilos de peso y sus uno ochenta de estatura, se le notaba muy seguro de lo que decía y de cómo lo decía. En sus ojos no hubo dudas, al contrario, mostraron su gran entereza.
    — Esperaba tu llamada — Replicó Marta, sin demostrar emoción.
    — Perdón, señores, ¿qué desean tomar? — Les preguntaba ya Juan frente a ellos. En sus ojos ni un leve gesto de reconocimiento, su mirada era opaca, inexpresiva, como si ejecutara un paso de baile bien aprendido y llevara ya años haciéndolo.
    Marta lo miró con tristeza, no quedaba nada de humanidad en su amigo Juan, bueno, ni en Juan ni en nadie de los que conocieron años atrás en ese precioso barrio de Sants, ni siquiera su madre la reconocía, aunque la aceptaba con ella.
    — Trae dos cafés por favor — pidió Javier, sin mirarlo. Hacía tiempo que había perdido la esperanza de que su amigo Juan lo reconociera, de hecho, no lo reconocía nadie del barrio, era como si les hubieran borrado a todos la memoria, colectivamente y de un solo plumazo de un día para el otro, de acuerdo que tampoco era su barrio, apenas hacía un año que se había trasladado a vivir allí, a unas dos manzanas de su amiga Marta, pese y a que llevaban un año entero sin verse o hablar, ni por teléfono, pero, fue necesario, mejor dicho, les obligaron las circunstancias.

    Valle del Jerte, 20 de febrero del año 2005, las 10:37 de la mañana.
— ¿¡Viste eso Marta, lo viste!? — gritaba Javier, totalmente alterado y señalando el lugar por donde había desaparecido la bola de fuego. Marta no decía nada, estaba con la boca abierta y no sabía hacia dónde mirar.
— ¡Vamos! ¡Vamos, corre! — volvió a gritar Javier tirando de ella — ¡tenemos que llegar antes que lleguen las autoridades, que luego no nos dejarán pasar! Seguro que estará abarrotado de curiosos en unos pocos minutos. —  Siguió diciendo mientras andaba a paso ligero hacia su land “Rover 420” del año 1999.
Apenas tardaron cinco minutos en llegar a la garganta de la puria, por un camino rural. Javier condujo como un loco y completamente enervado. Aún así tuvieron que dejar el Rover a un lado de la carretera y andar como unos quinientos metros, atravesando un denso bosque de cerezos y encinares hasta llegar a una chorrera que era precedida de una impresionante y bella cascada. (También conocida por “la garganta de los infiernos”). Pero no fue sino atravesando por un pequeño y viejo puente, que se encontraron enseguida con un tremendo agujero circular de unos cinco metros de diámetro y de una profundidad ignorada pues, al aproximarse los dos a la orilla, sin conseguir, pese a ser de día, ver su fondo. Allí quedaron los dos, sudorosos, agotados y respirando entrecortadamente debido a la carrera. Los dos miraron hacia abajo completamente idiotizados. Javier al borde del colapso, su corazón bombeaba a una velocidad de vértigo, incapaz de soportar su enorme cuerpo de más de ciento veinticinco kilos. Su incipiente calvicie relucía al sol de la mañana y los goterones de sudor parecían querer formar un río a sus pies al resbalar por su ancha y despejada frente, mojando la tierra seca.
Un sonido intermitente, parecido al tic, tac de un reloj de pared analógico, les hizo prestar atención y aguzar la vista mirando hacia aquel enorme boquete abierto en el suelo y que parecía no tener fin.
El sonido desapareció y en su lugar vieron como dos flashes, como si alguien les hubiera hecho dos fotos con una gran cámara digital. De pronto, todo fue negrura y el boquete y todo lo que había alrededor desapareció de la vista de ambos, habían perdido el conocimiento.
Cuando lo recuperaron se encontraron ambos desnudos y acostados en unas especies de camillas suspendidas en el aire por alguna extraña e ilógica razón que no entendieron y, ambos se pudieron observar y comprobar que, pese a no ver ni sentir, cables por ninguna parte de sus cuerpos, sí sentían por su interior cómo si unos gusanos los estuvieran recorriendo por entero, no sentían ningún dolor, salvo un ligero cosquilleo que no llegaba ni a ser molesto. Tanto Marta como Javier se miraban sin entender nada pero, no había miedo alguno en sus ojos, extraño sí, pero así era, parecían estar convencidos de que nadie les iba hacer daño. No sabían cuánto tiempo estuvieron así, sintiendo aquello en sus entrañas cuando de pronto, oyeron la voz, pero no, no la escucharon, la sintieron en sus cabezas...
Veo que no me equivoqué al elegiros... hijos míos, sois efectivamente, LOS ELEGIDOS. Sé ciertamente que no os vais a sorprender de lo que os diga, hace años, antes incluso de que nacierais, que lleváis en vuestros genes todas mis enseñanzas. Fuisteis elegidos después de una dura selección natural que me ha llevado siglos, aunque para mi no existe tiempo ni lugar pues soy infinito. Para los humanos, Dios, (que siempre os gustó poner nombres), para los animales, organismo vivo o plantas, simplemente, padre. ¿Qué por qué he esperado tanto a decíroslo? Os sentís viejos, aunque vuestra edad no tenga comparación a la mía... y os estáis acordando ahora de mis primeros hijos, Adán Y Eva, que eran jóvenes y bellos? Pues que se os quite de la cabeza, ellos jamás existieron... en realidad los seres humanos nacisteis de un error, nunca debió suceder pero... sucedió y me encariñé con vosotros, tanto que hasta me olvidé de las demás especies, dándoos poder sobre ellas, un poder que no supisteis utilizar sino para hacer el mal. Sí, fue un error que no volveré a cometer aunque, fue comprensible, yo apenas era una niña... vosotros, mis juguetes y la tierra... mi casa de muñecas. Pero no, no os asustéis — tras unos segundos de ¿silencio? — seguís siendo mis juguetes preferidos y os voy a dar la oportunidad de seguir siéndolo. Dentro de unos días, aparecerá una nueva epidemia, una especie de peste o maldición del siglo XXI. En realidad es un nuevo gen, un ser vivo, que se va apoderar de la mente y el alma del ser humano. Pero, muchos morirán, no será causa del gen, será culpa de sus miedos, de sus pecados y egoísmo, eso es lo que los matará. Y así seguirán muriendo... a no ser que vosotros dos lo paréis, en vuestras manos lo voy a dejar. ¿Cómo evitar todas esas muertes? Está en vosotros, hace siglos que os lo transmití, solo tenéis que poner voluntad en averiguarlo.

Cuando despertaron ambos estaban en el Rover 420 y ni idea de cómo habían llegado hasta allí. El camino de vuelta a Plasencia, a casa del tío de Javier transcurrió en silencio y así fue durante un largo año.

Barcelona, 20 de febrero del 2015, las 21:56

— Es la hora Marta, no se cómo ni por dónde empezaremos, pero algo hemos de hacer — suspiró desalentado Javier.
— Yo tampoco mi querido amigo, yo tampoco... — Marta se puso de pie y puso sus dos manos sobre las de Javier — Amigo mío tenemos un largo camino que andar — dijo mientras sentía el cálido calor que emanaba de las manos de Javier. Javier, que permanecía con la cabeza gacha, levantó de pronto la cabeza buscando rápido la mirada de Marta, encontrándose con sus ojos, medio ocultos estos por sus gafas de pasta negra, brillantes y anegados en lágrimas. No se pudo contener, le salió del alma, se puso de pie también y la entrelazó fuertemente en un abrazo. Nadie podría explicar, ni aunque quisiera, qué pasó allí, !imposible¡ fue cómo si los envolviera una llamarada, un relámpago de luz que lo iluminó todo dejándolos cegados durante unos segundos, después... los primeros murmullos de los parroquianos, antes inexpresivos, ahora eran un autentico jolgorio, alboroto, risas y llantos. Todos empezaron a abrazarse y a preguntarse por las familias respectivas, cómo si hiciera años que no se veían.
— ¡Marta! ¡Javier! — Gritaba riendo feliz desde la barra Juan.

Marta y Javier, que permanecían abrazados y llorando  se miraron felices, comprendiendo entonces las palabras dichas por... ¿Dios? Claro ¿qué otra cosa podría salvar a la humanidad sino era el amor?