Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...



    — Ven, Marta —le ofreció Javier su mano izquierda que, ella aceptó de buen grado. Mira —extendió la otra con el dedo índice recto señalando hacia el frente, donde Marta pudo admirar un paisaje muy hermoso poblado de cerezos en flor, a escasos días del comienzo de la primavera que, al parecer, y debido a las cálidas temperaturas de esos días, habían decidido abrirse antes de la primavera que, al parecer, y debido a las cálidas temperaturas de esos días en el Valle del Jerte”  (Cáceres), de la sin par provincia extremeña».

    — Ves aquella montaña de allí —prosiguió indicando Javier, señalando un punto concreto del horizonte ligeramente a la izquierda—, pues esa es  “La Garganta de la Puria”, una preciosa garganta con unas no menos impresionantes chorreras y cascadas. Donde también puedes encontrar unas construcciones agrícolas y ganaderas y...
    —Javier no pudo continuar hablando, tanto él como Marta, quedaron embobados observando cómo en el cielo una enorme bola de fuego se aproximaba a una velocidad de vértigo hacia lo que él llamó “Garganta de la Puria”. Era grandiosa e iba seguida de una larga cola de humo negro. Vieron, pasmados, sin poder moverse de la impresión, cómo ésta chocaba contra la arboleda de la garganta, perdiéndose de vista entre su espesa hondonada y cómo a sus pies sintieron  un temblor en forma de vibración que casi los hizo caer, aunque lograron finalmente mantener el equilibrio a duras penas.


    Horas más tarde, ya en Plasencia y en casa del tío de Javier, los empalidecidos rostros de Marta y Javier, con una extraña mezcla de desconcierto y pavor, pudieron ver y enterarse en las noticias de la televisión regional extremeña que lo que habían visto no fue sino un breve seísmo de categoría cuatro, sin víctimas ni mayores consecuencias. Corría por entonces el mes de febrero del año 2005. Sin saber por qué ni Marta ni Javier contaron jamás lo que vieron ese día.

    20 de febrero del 2015

    La tierra estaba devastada, con más de mil cien millones de muertos en todo el mundo. Una década ya desde aquel fatídico día en que apareció el primer ser humano contagiado por el “FDM” siglas por la que era conocida aquella epidemia. Del fin del mundo, como la habían llamado los primeros investigadores que lo descubrieron. Un temible y mortal virus, por su poderosa fuerza viral y la celeridad en cómo se desarrollaba y expandía: «nadie que se hubiera contagiado la enfermedad había logrado sobrevivir más de diez días». Todavía no se sabía cómo se produjo la primera infección, aunque habían sospechas, pese a los investigadores en todo el mundo que intentaban averiguar las verdaderas causas, y en la que muchos de ellos murieron en su empeño por encontrar la solución, al estar en contacto con la beta maliciosa que, pese a los billones de euros gastados entre todos los países del mundo seguían sin averiguar.
    Parecía una misión hasta el momento imposible. Se decía que todo había empezado en la provincia de Cáceres, por el Valle del Jerte, luego empezaría a saberse que por todos los rincones del mundo estaba ocurriendo lo mismo.

    Diez años de locura, de devastación, pero no de vegetales, demás especies u cosas, no, ¡DE SERES HUMANOS! «El virus solo afectaba a los seres humanos, no afectaba en modo alguno a las demás especies, plantas u cosas. Era verdaderamente curioso. Ya había quien decía que se estaba ante una maldición de Dios (Yahvé) o cualquier otro dios… También se hablaba de plagas bíblicas». Ningún ciudadano se fiaba de su vecino, por temor a sufrir el contagio, vivían enemistados unos con otros, sin querer socializar, apenas salían de sus casas para ir a sus trabajos. Eso sí con aquellos trajes horribles, muy pesados y de amianto que, pese a todo, parecían no ser todo lo fiables ni eficaces cómo deberían ser pues, los contagios, seguían produciéndose unos tras otros. Solo parecía haber desaparecido sin que hubiera ninguna base científica ni explicación en algunas pequeñas aldeas o  pueblos de menos de cien habitantes. ¿Milagro? No se sabía a ciencia cierta pero lo cierto era que parecían haber desaparecido todos los brotes de “FDM”, sin que se llegara averiguar aún su posible o verdadera causa.



    Barcelona, 20 de febrero del 2015, las 17:39 horas.


    ¿Diga? — preguntó Marta al otro lado de la línea.
    — Marta, soy yo, Javier, tenemos que vernos y hablar urgentemente —tras un carraspeo y una ligera pausa al otro lado del teléfono y un corto suspiro, se escuchó la voz de Marta—. Está bien Javier, ¿te parece bien que nos veamos en el bar de Juan, a las 21: 00 horas?
    — Sí — fue la escueta respuesta de Javier, antes de colgar.
    — Marta no había cambiado mucho, como pudo comprobar por sí mismo Javier al verla entrar tímidamente en el bar, vestía un conjunto de blusa y pantalón, los dos en tonos grises (siempre fue muy clásica), y eso que habían pasado nada más y nada menos que diez años desde la última vez que la vio en la casa de su tío Carlos, en Plasencia, después de... Un frío estremecimiento interrumpió los pensamientos de Javier.

    — Aquí Marta, estoy aquí — llamó, no muy alto Javier, sin levantarse y alzando una mano, desde donde permanecía sentado, una mesa alejada del tumulto de la barra. Pese a no ser un día de fiesta, el bar estaba muy concurrido, aunque de las diez mesas que ocupaban el local, tan solo permanecían ocupadas tres, la suya y las otras dos  con  tres y cuatro parroquianos por mesa respectivamente jugando a las cartas. ´Todos evitaban pensar en lo que estaba sucediendo o disimulaban intentando hacer las mismas cosas que hacían antes de la tragedia`. Barcelona había sido diezmada en más de cien mil personas y sus gentes parecían autómatas, andaban, respiraban y se movían pero, parecían no sentir.... y de hecho, poco a poco dejaron de hacerlo, se volvieron inexpresivos, opacos, no mostraban emoción o sentimiento alguno... hasta los niños habían dejado de jugar o de reír, parecían simples muñecos sin expresión.