Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler in , , , , , , , , , , , , | 18:44:00


Hans abrió nerviosamente la puerta,
―Pasa, ¡rápido!―, hizo un ademán nervioso a quién estaba ante la puerta. Este entró tan veloz como pudo, tropezando al hacerlo con una lámpara que cayó con gran estrépito haciendo un ruido infernal y poniendo a Hans aún más nervioso e histérico.
―¡Imbécil!― susurró con la cara roja de indignación,  mientras le soltaba un manotazo que casi le hunde al pobre la joroba en la espalda.
―No tengo bastante con subir a la segunda planta, escalando, destrozándome la ropa, uñas y manos, destrozar una ventana casi cortándome con los cristales las venas, y todo, ¿para qué, eh, Para entrar y abrirte a ti la puerta? ¡so inútil! Y encima, una vez logrado, empiezas a golpear todo lo que se te cruza a tu paso… ¿Querías despertar a todo el mundo?
―Perdo… perdóname Hans―tartamudeó compungido Adler
―Shhissssssss, ¡Calla!―, se llevó Hans enérgicamente el dedo índice a los labios.
Tras unos breves segundos comprobó satisfecho que, pese al escándalo producido por su compinche Adler, no parecía haberse despertado nadie en la casa; una mansión del siglo diecinueve, propiedad del Duque Adolph Alphonse. Un viejo y avaro rico, sin descendencia alguna «se contaba que no quiso nunca tener descendencia para no tener que compartir su fortuna ni con sus “futuros” herederos». La mansión estaba a oscuras y pese a llevar unas potentes linternas, Adler, no dejaba de tropezar con todo. Y lo más extraño de todo, era que no se despertaba nadie. – Pensaba -- , Hans. Otra cosa que también le ponía nervioso era que él sabía perfectamente que en aquella mansión no vivía solo “El Duque”, no. Y Hans lo sabía muy bien pues se había estudiado cada paso a dar en aquella mansión, y su primer paso fue “enamorar” con su porte resultón a Adeline, una robusta y ya madurita doncella, persona de confianza del “Duque” y ganársela. Consiguiendo así su primer paso; tener la entrada asegurada a la mansión. Hans se reconocía así mismo que no había sido muy difícil, la vieja en cuestión no le puso demasiados “ascos” a la conquista y fue relativamente sencillo convencerla para que le abriera más de diez veces la puerta del servicio. Convirtiendo, eso sí, la vida de Hans, en un suplicio. ¡Odiaba tener que acostarse con aquella bruja! Pero bueno, cada vez que pensaba que dentro de muy poco nadaría poco menos que en oro, le hacían aguantar las ganas de vomitar.
Diez noches… ¡Un infierno! Suspiraba Hans al recordarlo.
―¡Hans! ¡Hans! ¿Qué pasa, Hans?―, escuchó gruñir más que hablar a Adler.
Lo miró enfadado Hans, nunca le gustó que interrumpieran sus pensamientos.
―Pensaba, Adler, pensaba―. Este silencio, y el hecho de que Adeline no haya salido a abrirme la puerta… me tiene mosca. Miró a su compinche de soslayo. Lo había conocido durante su estancia en “la granja” así era como llamaban a aquel lugar, era en realidad un hospicio. Y nunca supo por qué lo llamaban “la Granja”. ¿Cómo se le ocurrió hacerse socio de “eso”?  - pensaba, intrigado. Lo midió con la mirada; de corta estatura, no más de metro y sesenta y tres centímetros, cabellos abundantes, parecía no haberse peinado en siglos, ojos negros, profundos, que podían ser dos pozos sin fondo e inexpresivos, nariz con una protuberancia que le hacía ser casi idéntica a la de un águila, y una boca grande con labios tan finos que eran los filos de dos cuchillos dibujados sobre una línea recta. Su mandíbula cuadrada y la enorme hilera de dientes, amarillentos y sucios, daban asco e impresionaban a la vez, ¿lo peor? Su horrenda chepa, que más bien parecía una montaña colgando en su espalda. Daba miedo… a quienes no lo conocían tanto como le conocía Hans, era inofensivo e inocente  como un niño chico. «Ese era al menos el pensamiento de Hans mientras le observaba».
De repente, Adler volvió a tropezar dando un tremendo codazo a Hans, perdiendo la linterna y haciendo que el propio Hans perdiera la suya, al saltarle esta de sus manos, quedando los dos a oscuras, con el consiguiente grito de rabia de Hans que masculló entre dientes, cagándose en la madre que parió al enano cheposo aquel.
 Hans, al recobrarse de la empenta, se lanzó hacia adelante queriendo recuperar la linterna, agachado y a gatas moviendo sus dos manos de un lado a otro de manera desesperada, aquello no le gustaba nada, no escuchaba a su socio, ni siquiera lo sentía respirar y eso lo estaba asustando, no era normal, su socio respiraba muy fuerte y ahora… no lo sentía de ninguna manera. De pronto sintió en la oscuridad como alguien le agarraba de los tobillos, Pataleó angustiado unos segundos queriendo soltarse de su atacante soltando un grito que sonó ahogado por la sorpresa. Fue inútil, aquellas manos eran muy fuertes y jalaron de él con mucha fuerza tirándole de espaldas con gran estrépito, dándose un fortísimo golpe en la nuca
y quedando unos segundos fuera de combate. Los suficientes para no darse cuenta de que alguien empezaba arrastrarle por el suelo sin miramiento ninguno.  A los diez segundos recobró el conocimiento. No sabía dónde lo llevaba y su cuerpo arrastrado por aquello sin identificar iba chocando con multitud de objetos que no supo reconocer a oscuras como estaba, pero que sí le iban dejando magulladuras y golpes por todo el cuerpo.
Pero lo peor estaba por llegar, aquello, lo que fuese, empezó a bajarle por las anchas escaleras, las que daban al piso inferior, cada escalón era un fuerte golpe en la cabeza, al principio, Hans, quiso protegerse la cabeza con las manos, no tardando mucho en sentir cómo la sangre, su sangre, le empezaba a encharcar las manos, al mismo tiempo que sentía el chasquido de cómo se iban quebrando todos sus huesos. Los golpes eran cada vez más fuertes y dolorosos hasta el punto en que Hans dejó de apercibirse del dolor a partir del quinto escalón, al perder el conocimiento.
Casi fue mejor para él, de esa manera no se apercibió de la sombra negruzca y aguileña que le esperaba con ansia al final de la escalera y que le hubiera producido, de haberla visto y reconocido, un enorme dolor de cabeza y unas más que posibles tremendas arcadas.
Tuvo mucha, mucha suerte, “El Duque”.  Su asistenta y su buen criado, Adler, le habían preparado su mejor banquete en el día de su cumpleaños, sus trescientos cuarenta y uno.

Pobre Hans, que poco sabía que durante toda su vida no fue más que un animal de engorde para cuando llegara ese día… pero Hans no era el único, en “La granja” quedaban muchos “Hans”, “El Duque” tenía aún muchos cumpleaños por celebrar.