Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...




Me quiero divorciar, sí, no aguanto a mi mujer. Bueno, si he de ser sincero, ¡nunca la aguanté!
Desde que me casé, no paraba ni cinco minutos en casa. Vamos hasta para echarle un polvo, pedía la ayuda de mi vecino. Sí, un tal Vicente y que vive en el quinto “C” un tío muy apañado  y que, ¡oye!  Que buen tío que es, es más  nunca me puso una pega. Yo lo llamaba media hora antes de llegar a casa y él, muy amablemente, me esperaba en el rellano de mi puerta, bien duchado y afeitado y oliendo como quien dice, a Rosas. (Yo uso lavanda pero, es igual).  La muy idiota, después de veinte años y aún… ¡¡No se ha enterado!! Después de veinte años y… seis hijos (tres son míos, fijo, por lo menos le eché los tres primero polvos). A ver… que recuerde… Sí, uno fue poco antes de casarnos (dos días después de echar el polvo me dijo que estaba embarazada) ¡Es que soy un machote! Y, encima, ese día usé preservativo. ¡Toma ya! ¿lo soy o no?
Las otras dos veces… ni me acuerdo, ella me dice que, fue en la noche de bodas pero, con la borrachera que llevaba… (Tuvo que entrar a la novia en casa, el padrino)

Por cierto, ¿no os dije? Nuestro padrino fue nuestro vecino y amigo… Vicente, ¡Más majo este tío!