Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...

En un lugar extraño, llamado, por más señas; “Planeta Tierra” donde el ser humano era causa y no un ente pasivo. Vivían los más encontrados sentimientos, amor, deseo, odio, desesperación, miedos, o fobias, se entremezclaban a partes iguales y hacía de sus vidas un cóctel explosivo y furibundo. A su vez les hacía formar parte de un circo dónde los seres humanos, tan solo eran marionetas inútiles y que, una vez usadas, se mandaban al desguace a reconvertir en piezas olvidadas de museo.
En ese mundo ya no había sitio para la gente de corazones nobles. En su día fueron hechos esclavos, aplastados, menospreciados y hasta se les escupió en sus rostros macilentos todas sus miserias e inhumanas vanidades.
¡Borregos!
El hombre ha desaparecido de la faz de la Tierra. Se les esquiló toda la piel, se les sacó toda la sangre y se les quitó la dignidad y el orgullo. Una vez vacíos, sin entrañas. Fueron abandonados a su suerte, despojados de sus casas, sus hogares, familias, ¡TODO! se les embargó, hasta el hambre…
Ya no queda nada. Ahora sólo quedan restos, amasijos de huesos y pellejo desperdigados a lo largo y ancho de este mundo. Quizás un día… ¡sí, algún día!...  puedan encontrar sus despojos entre el polvo que cubre y ensucia las rocas y las piedras de ese enorme desierto en que se convirtió la Tierra.
 O tal vez encuentren en alguna fosa séptica, putrefacta, donde nacen y se reproducen los nuevos habitantes de la Tierra; ―a sus nuevos dueños―.
«Algún alma misericordiosa enterrara sus restos».
Desde donde estoy, en esta enorme nave interestelar… rezo cada noche por nuestros ancestros… Dios sea ecuánime con sus almas atormentadas.
Miro con congoja y tristeza, no sin algo de orgullo, a mis hijos, mujer, amigos… ¡mi familia! Y me vuelvo a jurar, jamás dejaré que vuelva a ocurrir… ¡JAMÁS!