Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...

 Resultado de imagen de Muchacha guerrera vestida con piel de conejo
Cirene corría velozmente entre los árboles, tenía una agilidad pasmosa que le daba el hecho de llevar milenios como guardiana de los bosques helenos, al cual quienes lo poblaban llamaban  «bosques eternos». La ninfa Tesalia, era la fiel cuidadora de la naturaleza y, por tanto, `la guardiana´ por derecho, de los bosques del Pindo, «dos cadenas montañosas que encerraban entre sí la cuenca de Tesalia». Protegiendo además del bosque, a los rebaños paternos y a sus pobladores aborígenes de dos patas que vivían en sus límites.
Cirene era llamada “la salvaje” además de por su inteligencia, por su enorme fiereza al pelear contra las fieras más feroces, dañinas y sanguinarias del interior del bosque del Pindo, un lugar tenebroso donde no había dios ni humano con sentido común que se atreviera a cruzarlo, y menos de noche.
En aquellos momentos, Cirene, no corría por hacer ejercicio, sino porque en el centro del bosque estaba ocurriendo algo dantesco y horroroso.  Su intuición le guiaba al ver cómo los animales del bosque la miraban cuando se cruzaban a su paso al ver sus caras desencajadas por el terror lo cual era suficiente para que Cirene supiera que algo muy grave estaba ocurriendo en su bosque.
De pronto lo vio a él, un bello elfo.  No era otro que su amigo, Eldir. Observó que parecía estar como perdido, escondido tras un grueso tronco de un álamo. Eldir, estaba totalmente petrificado, el terror se hacía más que evidente en su bello rostro, terminado en unas simpáticas orejas puntiagudas, una característica de los elfos y que les daba cierto aire altivo y a la vez risueño.
―¡Eldir, Eldir! ―llamó incesantemente Cirene ―sin éxito, pues éste estaba tan inmóvil y aterrorizado que era incapaz de escuchar ni reaccionar ante los gritos desesperados de la ninfa Cirene.
No tuvo más remedio que aproximarse y sacudirlo por sus estrechos y diminutos hombros, (no sin tener cierto cuidado de no hacerle daño, habida cuenta de la inmensa fuerza bruta que Cirene poseía). Lo hizo hasta que, por fin, el pobre Eldir parpadeando varias veces sorprendido por las sacudidas e intrusión de la ninfa en sus pensamientos un ―¡Recórcholis― exclamó. Cirene, no seas bruta, casi me dejas desorejado con tu ímpetu!

―Perdona Eldir, nunca me acuerdo de mi fuerza, discúlpame por favor―dijo Cirene avergonzada, «estaba enamorada desde hacía mucho tiempo de Eldir), aunque por supuesto nunca se lo diría, era demasiado orgullosa,  aunque ella se decía así misma que era “muy femenina”».
Después de pasar el sofoco, Cirene se dirigió de nuevo al elfo, que se mantenía distante y nervioso, no parecía estar cómodo con la ninfa Cirene tan próxima «posiblemente la altura de la joven ninfa lo tenía muy turbado y confuso».

Suspiró Eldir― sin dejar de observarla. Desde su pequeña estatura podía contemplarla a placer y ello lo turbaba, ¡era tan bella y hermosa…! Pudo recorrer desde sus desnudas, largas y bien torneadas piernas musculosas. ―¡Ohhh! ―respiró profundamente excitado, su pecho iba a estallar de la emoción, ni siquiera escuchaba ya la voz de su amiga Cirene. Sus caderas… «Eldir se empezaba a sobreexcitar», así que carraspeó fuertemente para romper aquellos estimulantes pensamientos y se esforzó por seguir atento a las preguntas de su amiga.  Le daba miedo continuar por su vientre liso, sus senos, redondos, como dos hermosas granadas, que, se mostraban ante él desnudas y desafiando la ley de la gravedad y estaban terminadas en dos lindas y diminutas cerezas, desafiantes y altaneras, dándole entonces deseos de beber su jugoso zumo de…» Eldir tragó pesadamente saliva y ya no quiso seguir.
Su respiración comenzaba a agitarse y eso lo podía delatar, y no era bueno, era “su amiga” ―se dijo,  y como tal debía comportarse».
―¡Eldir, reacciona, maldito elfo despistado!―estalló al fin, Cirene.
¿Qué ha pasado o está pasando, por qué huyen los animales despavoridos y aterrorizados? Los senos de Cirene se movían agitados e irritados, por la rabia con que movía sus brazos arriba y abajo señalando el bosque.

El elfo no tuvo tiempo de contestar solo señaló aterrorizado en dirección noroeste.
La ninfa pudo girarse a tiempo de ver a unos enormes seres, parecidos a osos grises, de más de dos metros y medio de altura, rostros parecidos a los demonios de Tasmania, salvo que, en este caso, sus bocas eran horrorosamente grandes y con dobles colmillos, que aún las hacía más temibles y feas. Sus brazos tenían la longitud de su tamaño y acababan en unas garras afiladas como cuchillos de carnicero; sus patas eran prensiles (similar a las de los monos) y acabadas en garras muy afiladas, aunque más largas que las de sus manos, pero no menos temibles. Pero, lo más sorprendente de esos monstruos era su comportamiento… «Animales que caían en su poder, eran violados brutalmente, poco les importaba si eran machos o hembras o eran pequeños o grandes, les daba igual.  Después de violentarlos los descuartizaban  y comían sus vísceras, que ingerían sin masticar. A saber por qué oscura razón...



Cirene no se lo pensó dos veces, primero ordenó al joven Eldir que buscara refugio y se escondiera, después… no esperó a ver si le hacía caso, sin pensárselo más se lanzó hacia el primero de los Θραυστήρες   «machacadores» como se les llamaba allí. Cirene los conocía de sobra, aunque le pareció extraño su comportamiento. Por norma no mataban nunca a sus víctimas, tan solo las agredían sexualmente, siempre por órdenes ancestrales de sus dioses, los “hlieseos”, «Dioses de la fertilidad que fueron desterrados por los demás Dioses del Olimpo por sus deplorables acciones con los mortales, (procreaban con ellos), algo prohibido por aquel entonces». Fue entonces que crearon a estos monstruos dándoles órdenes de agredir sexualmente a todo ser vivo que habitara el planeta. Por supuesto, los Dioses, ni se inmutaron, aquello no iba con ellos.


Cirene no se lo  pensó más lanzándose  por el primero de ellos, sus saltos, de árbol en árbol y de rama en rama, eran tan ágiles que los “machacadores” parecían torpes bobos al lado de ella. Mientras saltaba y corría, se hizo de una gruesa rama y la usó para, de un golpe fortísimo y certero, descabezar al primero, una monstruosidad hedionda y sanguinaria. Su fuerza bruta era de sobras conocida y su valor y nobleza respetada por todos los seres vivos de aquel bosque heleno. Uno a uno fue acabando con todos los que caían a su alcance, era tan veloz y ágil que no eran, los monstruos, capaces ni de acercarse. Al segundo lo ensartó con la rama por el estómago dejándolo rugiendo y soltando alaridos de dolor. Sus enormes giros sobre sí misma y saltos, de uno a otro lado, desconcertaba a  aquellas bestias inmundas que no dejaban de gruñir y amenazar con sus terribles zarpas, siendo evidente que a la ninfa, sus gritos y rugidos de amenaza no la amedrentaban. 
Cuando ya había acabado con diez de ellos escuchó un alarido horroroso que reconoció al instante… ¡era de Eldir! Su joven y enamorado amigo. Estaba sujeto por dos “Θραυστήρες” ("Trituradoras”) mientras un tercero lo violentaba por detrás de una manera deleznable y cruel, los gritos y alaridos del pobre elfo eran espantosos, «el desgarro debía de ser brutal e insoportable, incluso para un elfo mágico y poderoso como él, aunque de nada le había servido su magia esta vez». Tan horrorizada, pálida y petrificada quedó Cirene "la ninfa Tesalia", ante la cruel y violenta agresión sexual a su joven amigo que, cuando se le abalanzaron una docena de “Θραυστήρες”, ya no pudo hacer nada por desembarazarse de ellos, salvo morder, dar patadas y gritar, gritar de rabia, impotencia, horror, asco y repulsión. Uno a uno la violentaron todos ellos, desgarrando sus entrañas con unos miembros viriles que más parecían troncos de árboles centenarios. Después… se disputaron entre ellos "la pieza” para ver quién de ellos se beneficiaba primero comiendo sus vísceras, con la falsa creencia de hacerse dueños de su poder.