Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
             

No puedo hablar, tengo los labios resecos y la garganta como papel de lija.
No sé ni cómo se me ocurrió aceptar aquella tonta apuesta ―A ver quién aguantaba más en el desierto el valle de la muerte (California), sin beber y sin comer ― Nos dejaron allí, sin agua, ni provisiones de ningún tipo. Solos en medio del desierto. Ahora todos están muertos… 19 personas (éramos 20 pero, una se rajó, antes de bajar incluso del todo terreno. Cinco todoterrenos nos trajeron aquí, solo uno se arrepintió y regresó ―El que se rajó ―. (El que hacía el número 20).
 Después de caminar durante apenas unos minutos, alejándonos de allí, nos arrepentimos todos y volvimos raudos a buscar los “todoterrenos” y allí estaban los cuatro tal y como los habíamos dejado, solo qué, ―No tenían ni una sola gota de gasolina―. En ese instante, todos pensamos en una broma (macabra eso sí) pero en una broma. Solo que allí…  nadie se reía.
Nadie tenía idea de cómo sobrevivir en un desierto. Y encima, éramos todos, unos ejecutivos con “pasta” y mucho aburrimiento. (Ya se nos notaba ¿verdad?) Y así, día tras día, iba muriendo alguno de nosotros… Yo fui el único en ofrecerme a enterrarlos. Y lo hacía cada día, sin herramientas, tan solo con mis manos como palas y mis dedos finos y delgados como pequeños picos. Nadie quería estar presente. En realidad, decían que yo estaba loco, preocupándome de enterrarlos y gastando mis escasas fuerzas. (¿Gastando?). Así fue como uno a uno, fueron cayendo todos, andando en círculos, sin saber qué andábamos en círculos y volvíamos  al mismo sitio cada vez. Cada día, los sobrevivientes se miraban unos a otros y se observaban preguntándose; ¿Quién faltará de nosotros al finalizar el día? (Menos yo claro) Yo sabía perfectamente que  no sería yo.
Hoy murió el último… y tal y como hice con todos, a este también lo enterré yo.
Ya sé por qué acepté aquella  apuesta estúpida, por la misma razón que aceptaría las siguientes durante los próximos cinco años ―Soy un depredador ― No los mato pero, sí, me alimento de la carroña de sus miedos.
Se acabó el último, ya es hora de volver a la civilización y apostar por otro grupo.

El numero 20 regresó por mí.