Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 18:18:00
By Isabel A. Hernández y Frank Spoiler

El interrogatorio al que fue sometida Edna en cuanto llegó a casa fue imposible de evitar. Había hecho lo posible por entrar con sigilo a casa, pero la policía que esperaba en el portón de entrada y sus padres consternados que esperaban por su regreso se lo impidieron.
― ¿Dónde diablos habías estado?― Recriminó su padre inmediatamente en cuanto la vio salir de uno de los arbustos del jardín.
―Lo siento, yo…
― ¡Hija mía!―exclamó su madre mientras corría a abrazarla
―Estábamos muy preocupados por ti, ¿Dónde estuviste?―Preguntó finalmente mientras miraba el sucio vestido de su hija.
―Es difícil de explicar…― Logró decir Edna antes de que un caballero se acercara a ellas.
―Buenos días―Saludó mientras extendía su mano hacia Edna.
―Soy el comandante Jorge Novoa.
Edna elevó su temblorosa mano para corresponder al saludo.
―Buenos días― Alcanzó a decir Edna antes de que Novoa atrapara su mano con fuerza y la guiara al interior de la casa.
―No quisiera molestarla, pero tenemos preguntas que hacerle―Dijo con fingida pena.
Edna no respondió. Miró hacia el lugar donde estaban sus padres. Su madre con ojos llorosos, miraba con súplica a su marido, mientras que este solo se limitó a fruncir el ceño y desviar la mirada hacia la calle vacía.
Si, su padre estaría muy disgustado. Siempre había sido muy estricto con ella y con una moral bastante cerrada. No había duda que se pondría furioso en cuanto se enterara que había sido ultrajada.
― ¿Puede decirnos donde estuvo esta noche señorita?―Preguntó Novoa mientras encendía un cigarrillo.
―Yo… no… lo recuerdo― Titubeó Edna al responder.
―Qué extraño―Dijo Novoa mientras apagaba la cerilla y la dejaba caer en el impecable piso de la cocina.
― Sus amigos sí que la recuerdan a usted en una fiesta que organizaron unos compañeros de su escuela―. Respondió con sarcasmo.
―Tal vez pusieron algo en mi bebida― Respondió Edna en un susurro.
―Si claro ―Respondió Novoa mientras la miraba con suspicacia
― ¿Y me puede decir dónde están sus tres amigos con los que salió de la fiesta?
―Yo…
― ¡Responda!― Demandó Novoa.
―Yo… yo… no lo sé…―Tartamudeó sin poderlo evitar aturdida Edna.
Edna dio un brinco cuando Novoa azotó una mano sobre la mesa de madera.
― ¡No me quiera tomar el pelo!―Exclamó furioso.
― Usted sabe muy bien donde están y me lo va a decir ahora mismo― el humo del cigarrillo le dio de golpe en la cara.
Edna se hundió en el respaldo de la silla. La cara encendida y la vena saltada en la sien de Novoa, le recordaban a su padre cuando se enfurecía y conocía perfectamente lo que seguía después.
―Me parece comandante ―Interrumpió su padre con calma.
― Que mi hija es una víctima más, si tiene usted algún cargo en su contra, le sugiero que traiga una orden para interrogarla―. Su mirada no planteaba ninguna duda, y así lo entendió el comandante Novoa.
Colocó sus manos sobre los hombros de su hija. Edna estaba sorprendida. ¿En verdad su padre la estaba salvando de todo ese desastre?
Novoa se enderezó y se arregló la gabardina.
―De acuerdo―. Dijo sin despegar la mirada de la chica.
 ―Los esperaré en la comisaría para ratificar su denuncia―. Dejó caer el cigarrillo y lo apagó de un pisotón dedicándole una última mirada de desdén a la chica.
Nada más salir por la puerta el comandante Novoa, su padre, comenzó a hablarla.
― Cariño, vamos hemos de salir― Le pasó su abrigo por encima de los hombros abrazándola fuerte.
― Pero, papá… ― Se quejó confundida Edna, no reconocía a su padre, estaba tan extraño y raro.
― ¡Calla! No consentiré que mi hija pase la vergüenza de verse señalada por la calle sin ser culpable―. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
― Te llevaré a la consulta del doctor Lázaro, es muy buen amigo mío y él se encargará de que la desgracia no vaya a mayores. ¡No consentiré que esos malditos te arruinen la vida, hija mía!
Miró el rostro totalmente descompuesto de su mujer, ella tampoco parecía reconocerlo.
― No me miréis así por favor, un día… un día os contaré, cómo sé todo lo que le ha pasado esta noche a nuestra hija… hoy no puedo, lo prometí. Solo os pido que confiéis en mí, solo eso―. Su aparente calma, su frialdad, su energía, aquella que siempre lo había caracterizado había desaparecido, ahora solo era un hombre derrotado, hundido.
Y no, no lo reconocían. Edna, no dejaba de mirarle asombrada, y su madre, mientras no paraba de lagrimear y gemir se persignaba y se hacía cruces como si estuviera ante el mismo diablo.
Ramón las miró una vez más, primero a su esposa, luego a su hija; «no, no se vio con valor para contarles lo que hacía años atormentaba su vida porque, ¿cómo decirles?... ¡No! No podía…».


¿Cómo se puede vivir con culpa? ¿Cómo rogar y a quién por el perdón de tus pecados?
Ser testigo de un crimen es una carga muy pesada. «Aunque ciertamente no fue así, jamás pudo ver el rostro de aquel maldito hijo de puta, solo se encontró a la pequeña muy mal herida, agonizante, totalmente destrozada. El maldito cabrón se había desahogado bien con su pequeño cuerpo, tenía todo el cuerpo desgarrado y…». Pensar en todo aquello a Ramón le producía nauseas. Miró a su hija que estaba al lado. Estaban esperando sentados en la consulta de su buen amigo Lázaro. Pensó un instante en lo horrible que debió de ser para su hija la brutal agresión de esos bastardos… sintió un frío estremecimiento en todo el cuerpo. No pudo evitar entrar como en trance y su mente volvió a “viajar” en el tiempo.
« ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo ese ser maligno logró mantener durante tantos meses a la pobre niña en aquella vieja mina al lado del río, sin que nadie supiera de sus andanzas? ¿Tendrían que comer, no? Por lo menos él, la pequeña estaba en un estado de desnutrición y se notaba en su lastimado rostro la más cruel señal de la muerte».
Más de una vez se preguntó el por qué se empeñó en guardarle el secreto… “haber guardado el secreto… ¿Para qué? No podía entenderlo. ―Ella se lo pidió―Ramón aun recordaba aquella mañana de su niñez, cerca del río, donde la encontró.
Según pudo balbucear, se escapó cuando él “el hombre mariposa” –así le llamó- salió a buscar algo de comer.
Dios. ¿Acaso habría podido hacer algo más que curar sus heridas y darle consuelo?
Ahora, muchos años después, incluso después de la muerte de su querida Malena, ese día lo perseguiría sin descanso. ¡Dios! Se sentía tan culpable… Ese día habían quedado para jugar como siempre lo hacían al atardecer, después de las clases, sin embargo, él no fue… no se presentó. Se había enamorado de la que hoy día era su esposa y estaba demasiado ocupado pensando en cómo hacer para que se fijara en él.
En ocasiones le parecía observar un hermoso gato negro, cuyos ojos acusadores le reprochaban su silencio.
El cuervo que se posaba en las ramas del viejo árbol de su jardín parecía unirse a la comitiva que se dedicaba a recordarle noche y día sus errores.
Cuando Edna nació, se había jurado cuidar de ella y su esposa, aunque de ello dependiera volverse estricto, a veces hasta arbitrario.
Estaba seguro que algún día se enfrentaría a Malena. Tal vez el día de su juicio final. Pero hasta entonces, solo podría hacer lo necesario para proteger a su familia. Nunca se le iba de la cabeza, hasta aquel día… ¡Malena! Juraría que donde apareció ella estaba ese gato negro, pero, no podría jurarlo. No habló mucho, todo fue muy rápido y… suficiente. Bastaron pocas palabras para hundirme en las más profundas de las miserias, mi pequeña Edna… ¡violada!
Ahora, su hija estaba en problemas. Ella no reviviría el infierno de su amiga. No, ella tenía mejores opciones y él se encargaría de proporcionárselas.
Ahora, la prioridad, era como evitar a la policía. Los cadáveres encontrados en el callejón, junto con las pertenencias de su hija no dejaban lugar a dudas de que estaba implicada de algún modo.

Su amigo Lázaro se comportó muy bien, como había prometido, su informe difería por completo de la realidad. Una vez fuera de la consulta volvieron rápidamente a casa, tenía que sacarla del país. Pensó en sus amigos españoles, Marta y Vicente, ellos se encargarían de cuidar a su pequeña.
―Ya estoy lista―Le había dicho Edna desde el pie de las escaleras. Se había duchado y cambiado de ropa. La falta de maquillaje le daba una apariencia demacrada y el pelo húmedo y suelto le hacían parecer ahogada.
―Vamos― Demandó Ramón mientras se dirigía al garaje para subir al auto.
No sabía a ciencia cierta si serviría de algo. Escapar del Comandante Novoa no sería fácil. Lo sabía muy bien.
Tenía que evitar que su hija supiera quién la había salvado de morir, se lo había prometido a Malena. A final de cuentas, había salvado la vida de su amada hija. Estaba en deuda con ella, la vida de su hija valía muchísimo más...
―Papa, dónde vamos― Lo sacó de sus pensamientos bruscamente Edna.
― ¡Al aeropuerto!― contestó sin inmutarse.
―Nos están esperando― Recordó la llamada a sus amigos Marta y Vicente, ellos marchaban a su tierra después de unas largas vacaciones en la cuales se hicieron muy amigos, ya que, Ramón era guía turístico y tuvieron mucho de qué hablar, sobre todo de España. Desde niño a Ramón le entusiasmaba soñar en que algún día iría a conocer la tierra de sus ancestros «Ramón era nieto de español y de una mestiza nahuas y mixteco».
―Nos están esperando unos amigos, cielo, ellos se cuidarán de ti, no debemos dejar que el Comandante Novoa te interrogue, ya sabes cómo es la policía aquí con las mujeres que salen solas a esas horas de la noche, no te creerán y te echarán la culpa de lo que haga falta con tal de llevar razón―. La enorme explicación dejó a Edna aún más confusa. «Dónde iba a ir, pensaba. ¿Quiénes son esos amigos de mi papa?». Pronto, muy pronto se iba a enterar.
Efectivamente, allí estaban sus amigos, al pie de una avioneta privada, alquilada para la ocasión, «sus amigos poseían una gran fortuna».