Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler in , , , , , , , , , , , , , | 22:05:00
HERIOTZA. Novela escrita mano a mano en colaboración con la genial escritora Isabel A Hernandez y un servidor.

― ¿Qué tenemos aquí?― Preguntó el comandante Novoa mientras se tapaba la nariz a causa del hedor que provenía del oscuro callejón.
― Dos muertos, comandante― Respondió el oficial que sostenía una pequeña bolsa de plástico.
― Sin lugar a dudas― Respondió Novoa al ver la plasta en la que había terminado el corazón de una de las víctimas.
 ― ¿Algún sospechoso, Sargento Gómez?― lo miró con curiosidad Novoa.
― No señor―. Respondió el Sargento.
― El único sobreviviente sigue inconsciente, tal vez no sobreviva.
― ¡Diablos!― No pudo por menos exclamar asqueado Novoa, al mismo tiempo que desviaba su mirada a la bolsita de plástico que aun sostenía el oficial asistente.
― ¿Qué diablos es eso?― preguntó con asco.
― Esto… es…― carraspeó para aclararse un poco la garganta.
― Es un…― intentó gesticular incómodo.
― Un…
― ¡Maldición Alberto!― Interrumpió con impaciencia Novoa.
― ¡Es un maldito pene!
―si… si… señor― Confirmó atorado.
― ¿Quién diablos haría algo así?― Preguntó consternado mirando a su alrededor. El charco de sangre donde aún estaba una de las víctimas se extendía en gran parte del sucio suelo.
Quien quiera que se hubiera atrevido a hacer algo así habría requerido de horas para poder siquiera sacar el corazón que se encontraba aplastado en el suelo, cortar de tajo el pene de la víctima que estaba agonizante en el hospital y mutilar la entrepierna del despojo que aún no había revisado el forense.
― ¿Hay algún testigo?― preguntó Novoa.
― Nadie señor, cuando llegamos a la escena, el atacante ya se había marchado. Solo encontramos esto; dijo levantando un bolsito de mano de piel. Al parecer de una jovencita ya que solo contenía un brillo labial y un teléfono celular.
― Revisen los contactos del teléfono, tal vez sea una cuarta víctima.
― Si señor― se cuadró militarmente Alberto Gómez, Sargento de la comisaría local.
Novoa dio media vuelta para alejarse del nauseabundo callejón. Durante su carrera como comandante de la policía local, jamás había presenciado una carnicería como esta.
¿Quién diablos sería capaz de cometer semejantes crímenes? Pensaba mientras se rascaba preocupado el cogote.
Solo le quedaba esperar a que el único sobreviviente del ataque no muriera y pudiera atestiguar sobre lo que sucedió esa noche.
Si, esa era toda su esperanza el testimonio del testigo vivo le daría alguna pista sobre a quién o quienes investigar.
― ¡Señor!― Lo detuvo Alberto mientras le extendía un teléfono celular
 ― le llaman del hospital
Tomó el teléfono
― Aquí Novoa― Respondió a su interlocutor. Su rostro cambió el semblante de consternación a la rabia.
― ¡Maldición!― Exclamó mientras le regresaba el teléfono al asistente.
― ¿Ocurre algo señor?― lo miró Gómez preocupado.
― El testigo acaba de morir― Dijo con un tono de molestia
― Me voy a dormir, mañana quiero el informe en mi escritorio.
― Se… señor― interrumpió otro oficial falto de aliento.
― Encontramos otro cuerpo―. Al suboficial parecía que le faltaba el aire.
Será una larga noche… protestó en sus pensamientos, Novoa.
― Llévame hasta el lugar― Dijo con resignación.
Cuando llegó hasta el lugar su rostro se convulsionó hasta ponerse pálido y blanco como la misma luna llena que les alumbraba. Su Sargento, Gómez no daba crédito a sus ojos de lo que veía. «No podía ser… ¿cómo era posible?».
¡No! ¡No es posible no, esto no puede ser verdad!― El grito de protesta de Novoa fue dramático, salvaje, como un animal herido.

 Mientras desde la azotea del edificio contiguo, unos hermosos ojos color violeta, no se perdía ni una sola imagen de la escena y gravaba todo en su cabeza mientras caminaba o saltaba de tejado en tejado transformándose de nuevo en una preciosa gata de lindo pelaje oscuro.


Tenía que encontrar a su siguiente víctima y este no debería estar muy lejos, lo olía, oh, sí tenía un olor muy especial, el olor al que huelen los miserables, los malditos, aquellos que como aves de rapiña se aprovechaban una y otra vez de sus víctimas, incluso después de muertas. A por él iba y no se daría por satisfecha hasta que lograra acabar con aquel mal nacido, se lo debía… y él iba a pagarlo con creces.
 
 Malena recorría como tantas y tantas veces el caudal de aquel río, no era muy caudaloso, pero, sí lo suficiente para que ella y sus amiguitos, todos de parecida o igual edad a ella, pudieran disfrutar del agua sin pasar ningún peligro. Ese día, Malena, estaba sola, su mamá no quiso que fuera al colegio pues tenía fiebre. Tampoco se pudo quedar con ella, así que tuvo que dejarla al cuidado del viejo Eduardo. Este era un hombre que la mayor parte del día se la pasaba bebiendo y la parte que le restaba se la pasaba durmiendo. Claro está que a María, madre de Malena, y viuda, no tenía más opciones, y hasta ese día el viejo Eduardo se había ocupado muy bien de la niña. Ese día no tenía por qué ser diferente, se decía inocentemente María al coger el autobús que la trasladaría hasta el pueblo de al lado donde trabajaba de panadera.
Esa fue la razón de que no viera como Malena, una vez recuperada y burlando al viejo Eduardo, saliera por la ventana de la parte de atrás. La niña no recordaba que era día de colegio y que sus amiguitos no estarían donde siempre. Su pequeño río.
― Hola, pequeña―

La voz, salida de unos cercanos matorrales, sorprendió y asustó a la pequeña Malena.
― No, no te asustes pequeña― Detrás de la voz apareció el rostro de un joven rubio, ojos azules y facciones muy amables. Incluso a Malena, en su inocencia de niña, aún en la pubertad, le pareció hasta guapo y atractivo.
Tanto se lo pareció que lo dejó acercarse totalmente confiada y tranquila. Ya ni se acordaba de lo que le decía siempre su mamá; «hija, nunca y bajo ningún concepto dejes que se aproxime a ti ningún extraño y menos si no estoy yo o el viejo Eduardo».
Cuando por fin fue acordarse de sus palabras fue demasiado tarde. El joven ya estaba ante ella, agarrándola por su vestido rosa y tirándola al suelo de bruces. Sus gritos de susto y miedo no pararon al joven que con una mano y mucha destreza desgarró sin perder tiempo el vestido y arrancó de un tirón las braguitas de la niña.
Poco pudo hacer la pequeña para detener al agresor de su inocencia salvo, mirar con ojos de pavor y desorbitado una cicatriz que a modo de mariposa le cruzaba por medio cuello. Y otra cosa más… su olor, un olor que jamás olvidaría en todos los años de su vida.
Lamentablemente ese no fue el único día para olvidar, detrás de ese día vinieron muchos más, tantos que cuando llegó la hora de morir, ella pidió vender su alma para poder vengar cuanto esos días vivió.




El violento temblor que le provocó el frío viento nocturno la hizo despertar. Sus extremidades le dolían horrores. El sabor ferroso que le había dejado su propia sangre la asqueaba. Se negó a abrir los ojos. Pensó que si no mostraba señales de vida, sus atacantes la dejarían tirada en el callejón creyéndola muerta. Esa era su esperanza.
Reprimió las ganas de llorar. Estaba aterrada, pero la sensación de suciedad que cubría su cuerpo mitigaba el miedo, quizás hasta el dolor.
No… no era el momento de llorar. Tal vez después, cuando por fin pudiera tomar venganza del desgraciado que la desilusionó y la lastimó de la peor manera. Quizás en otro tiempo se habría sentido feliz de entregarse a ese hombre. Pero ahora, no sentía más que repulsión hacia él.
Se quedó quieta un momento tratando de identificar su entorno. Su cuerpo estaba recostado en el frío suelo. No era el callejón… al menos no olía tan mal como aquel horrible lugar. El olor de la colonia de sus verdugos no estaba presente, solo un tenue olor a rosas secas llegaba a su nariz.
Los asquerosos bramidos de su violador y las burlas de sus amigos habían enmudecido.

―Estás a salvo ahora― Le dijo una hermosa voz de mujer.
Edna abrió los ojos con sorpresa.
No podía recordar que hubiera una mujer presente mientras su inocencia era arrebatada violentamente.
―Quién… ¿Quién eres? ― Preguntó Edna dudosa.
― ¿No te parece que las preguntas y las precauciones ya no vienen al caso? ―Respondió con sorna.
Se sintió ridícula ante el sarcástico comentario.
―Gracias… ―Logró decir Edna
―Gracias por salvarme.
―No tienes por qué…―Respondió la voz desde las sombras.
―Claro que si, seguro que ahora…
―No tienes por qué ―interrumpió la voz al mismo tiempo que una esbelta figura salía de las penumbras
― No lo hice por ti.
― ¿Qué…?
―No debiste desobedecer a tu madre―continuó la voz.
― ¿Cómo sabes que…?
―Yo puedo ver dentro de tu corazón Edna―Dijo Heriotza mientras la miraba fijamente con sus hermosos ojos violetas.
― ¿Qué esperabas? ¿Qué te hizo creer que tú eras especial para él? ¿Es que acaso no te bastaron las advertencias de tus amigas? ¿Los rumores?
Edna no podía recordar haber conocido a esta chica antes. Pero por alguna razón, sabía perfectamente de lo que hablaba.
―Pero ya no hay de qué preocuparse―continuó Heriotza mientras apoyaba su estilizada pierna sobre el bordo de la azotea.
― Sus deuda ya están siendo saldadas― Desvió su mirada hacia el oscuro callejón, donde el último de los oficiales echaba un último vistazo a la escena del crimen.
― ¿Qué les ocurrió?― Preguntó Edna consternada.
― ¿Estás segura que quieres saber?― Respondió sin desviar ni un ápice la mirada.
―No―Respondió Edna con temor.
―Confórmate con saber, que están con el resto de los de su clase y que la eternidad no les bastará, para olvidar la razón por la que fueron llevados allí― apartó la vista del callejón y caminó a paso lento y decidido hacia la maltrecha chica que aún yacía en el suelo.
―Ve a casa―dijo mientras le aprisionaba su rostro entre sus delgados dedos
―Pronto necesitaré que me pagues el favor.
 Sintió Edna, su aliento golpearle el rostro y entonces lo comprendió. El inconfundible olor a rosas secas que sólo se puede encontrar en un lúgubre lugar, y que su extraña heroína llevaba impregnado en toda su persona.
Miró en dirección a su casa. El sol del amanecer ya iluminaba algunas casas de la ciudad.
«Ir a casa…» Inspiró profundamente.
― ¿Qué se supone que… les… diré…? ―Logró soltar el aire, antes de darse cuenta que se encontraba completamente sola en el lugar. Giró su rostro varias veces intentando encontrarla por aquellos viejos tejados, pero tan solo pudo ver a un precioso gato negro que se alejaba veloz saltando de tejado en tejado a una velocidad endiablada.