Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...


La joven caminaba calle arriba sin demasiada prisa, su cuerpo se movía silenciosamente, tal parecía que sus pies no tocaran el suelo, no parecía llevar una dirección fija, solo, avanzaba. Llevaba puesto un simple pantaloncito, tan corto que enseñaba sus nalgas, prietas, duras, sedosas y brillantes, de mujer joven, de unos apenas veinte años. En la parte superior, tan solo un top, desafiando con sus senos, duros y turgentes, a una temperatura invernal y fría.
En su mano derecha, un bolsito, minúsculo y de color azul.
Cualquiera podría pensar que era tan solo una prostituta más, buscando clientes a quienes satisfacer sus ansias de sexo fácil y de pago. Se engañaban. Se llamaba; «mejor dicho, la llaman»; Heriotza. Y como su nombre indica, es la muerte.
Ella es la liberación para algunos, pesadilla para otros. En sus ojos de color violeta, viaja la más terrible de las ansias… Ansias que se depositan en sus manos para destruir a cuantos humanos mal nacidos se encuentran en su camino y a los que no… los busca.
«De los buenos ya se ocupará “Jainkoa”, aquel que los dejó en el olvido. Que una vez creados, “apenas recién nacidos” se marchó olvidando la promesa de guiarlos, enseñarles y cuidarlos».
Aunque eso a Heriotza no le importa, ella tiene otra misión; hará sufrir el mayor de los horrores a cuantos mal nacidos se encuentre en su camino, a “Hell” le hacen falta “inquilinos”.


 

Mama no debe de enterarse...  

 

     capítulo 1


En la esquina de la oscura y empedrada calle, esperaba Joel.
Ya habían pasado varias horas desde que se había apostillado junto al muro de la vieja casa, esperando la oportunidad.
Habría estado dispuesto a esperar un poco más, pero se rindió ante el frío invernal que calaba en sus huesos.
“Demonios…” susurró para sí mismo, al mismo tiempo que dejaba caer su cigarrillo y se ajustaba el gorro de lana a la cabeza.
Echó nuevamente un vistazo a la oscura calle antes de dar la vuelta para irse de una maldita vez.
― ¿Buscas diversión?―. Se escuchó una voz salida de la oscuridad del callejón.
― ¿Qué demonios…?― exclamó al ser sorprendido por una joven que salió de la nada. Se sintió estúpido. Normalmente era Joel quien se encargaba de causar una inolvidable primera impresión.
La analizó detenidamente. Era una hermosa joven. Era nueva en el barrio, eso era seguro, conocía a todas las mujerzuelas de la zona y estaba seguro que a una joven como ella jamás la olvidaría.
Tal vez la espera no haya sido un desperdicio después de todo. Pensó Joel con lascivia.
― ¿Cómo te llamas?― Preguntó pasándose la lengua por los labios.
― ¿Cómo quieres tú que me llame?― Respondió la chica, con una sonrisa en el rostro. Joel no pudo reprimir el escalofrío que recorrió su cuerpo. Todo en ella era hermoso, sus ojos, sus labios, sus pechos firmes y juveniles, todo en ella estaba en su lugar, a excepción de la maquiavélica sonrisa que adornaba su rostro.
Un animal, por instinto natural, huye del depredador cuando se siente acechado, amenazado. O era demasiado confiado o tal vez demasiado estúpido para alejarse cuanto antes del lugar. Pero Joel no dejaría ir una oportunidad como esta, disfrutaba de la carne joven, ya encontraría después el medio para no pagar.
― Bueno… en realidad el nombre no importa. ¿O sí?― Respondió Joel al mismo tiempo que le rodeaba la cintura con su brazo y la guiaba hacia un oscuro callejón, donde nadie fuera testigo de la transacción.
En cuanto llegaron al fondo del callejón, la atrapó con su cuerpo contra uno de los fríos muros. Su cuerpo respondió enseguida al apretarse contra el joven cuerpo de la chica. Acarició con ansias sus pechos mientras apretaba su miembro contra su pelvis en un intento desesperado de dar alivio a su excitación. Mientras con sus manos hacía enconados esfuerzos por bajarle el pantaloncito, sin conseguir su objetivo tal vez por su extrema excitación.
Bajó la mirada y la posó en su boca, saboreando con anticipación, deseando con ansia febril morderle los labios, rojos y tan apetecibles, hasta hacerlos sangrar.
Ella paseó su lengua por sus labios, invitándolo a besarlos. Joel inclinó su rostro para probarlos, avaricioso, pero el agudo dolor que asaltó su pulmón izquierdo se lo impidió.
Con un movimiento brusco se apartó enseguida de la chica para ver el rio de sangre que emanaba de su pecho y poco a poco le hacía más difícil la labor de respirar…
Se dejó caer contra el muro opuesto del callejón para observar a la mujer que sostenía una brillante daga bañada en su sangre podrida de mal nacido.
― No debes gritar― Habló la chica con una sonrisa burlona.
 ― Mamá no debe de enterarse a lo que jugamos.
Joel la miró a los ojos. En una fracción de segundo comprendió… Si… Su pequeña hija de 6 años había sido el objeto para satisfacer sus más sucios deseos. La pequeña e inocente niña que con terror, evitaba a toda costa quedarse a solas con su padre por fin viviría tranquila… su peor pesadilla, pagaría en el infierno.

                              Quién la hace la paga


Capítulo 2


“¡Arggg!” Protestó Heriotza con asco mientras observaba su hermoso pantaloncito manchado con la inmunda sangre de Joel. Guardó la hermosa daga de plata en su bolsito azul. Miró al cielo al mismo tiempo que soltaba un suspiro de resignación. Sacudió la cabeza en negación y lanzó una última mirada de desdén al cuerpo que se había logrado arrastrar unos cuantos metros, antes de caer muerto junto al contenedor de basura.

― ¿Otra vez haciendo limpieza?― Escuchó una voz al fondo del oscuro callejón.

― ¿Qué haces aquí?― Respondió Heriotza con desdén.

― Recogiendo las ganancias― Contestó la voz al mismo tiempo que su silueta se inclinaba sobre el inmundo cadáver de su última víctima.

― Descuida, ese no irá a ningún lado―. Dijo la chica con desdén.

― Un pedófilo… ― concluyó la voz― tienes una sorprendente habilidad de encontrarte siempre este tipo de basura.

― Si… una verdadera coincidencia― Dijo Heriotza soltando un suspiro de impaciencia.

― ¿De verdad?― La voz le sonó irónica a Heriotza.                                        

La chica le miró con suspicacia.

― Tengo que irme― Respondió después de unos instantes
 ―Aun tengo algo que hacer.

― Oh, sí querida― Respondió la voz
 ― La noche aun es joven― Se escuchó una carcajada burlona.

La chica no respondió, odiaba cuando cuestionaban su elección de deudores potenciales. Se alejó del oscuro callejón a toda prisa. Nunca había dado explicaciones y no iba a empezar ahora. Aunque se tratara de él.

Caminó unas cuantas calles antes de decidir que era mejor cambiar de forma. Detestaba el cuerpo humano, era demasiado lento para su gusto.

La transición fue imperceptible. El lustroso pelo negro que ahora cubría su cuerpo la hacía prácticamente invisible durante la noche, aunque tampoco fuera algo que le preocupara, ya que si lograba llamar la atención de algún incauto, solo lograría ver un hermoso gato negro.

Con movimientos suaves y elegantes, continuó su camino por la solitaria calle. Si, la noche aun era joven, así que emprendió una nueva búsqueda.

“¡Eres un idiota!” Escuchó a un ebrio gritar antes de caer al suelo, cuando el guardia del bar de la calle de enfrente lo sacó a trompicones del lugar.

El hermoso gato se detuvo un momento debajo de un farol que iluminaba tenuemente la calle. Sus ojos color violeta seguían uno a uno los movimientos de este hombre.

― Sí, sí, soy lo que tú digas― dijo con indiferencia.
 ― Ahora ¡lárgate!―, le espetó.
 
― Te vas a arrepentir imbécil, ¡no sabes con quien tratas!―, continuó gritando el borracho mientras se levantaba del sucio suelo y sacudía el pantalón de su elegante traje sastre.

El guardia entró de nuevo al lugar, cerrándole la puerta en sus narices.

― Idiota― Susurró de nuevo el ebrio mientras daba media vuelta para alejarse.

Sí… Ella pudo sentirlo, este tipo tenía una cuenta pendiente.

Siguió al sujeto calle abajo, mientras tanto, buscaría su debilidad, ¿Otro Pedófilo? Increíble… pero no. ¿Tal vez un estafador? Qué extraño… tampoco…

Ah… Quién lo diría, un exitoso hombre de negocios con un lado, verdaderamente negro.

Que empiece la cacería. Pensó Heriotza.
 
No llegó Heriotza a dar dos pasos en su persecución cuando llegó nítidamente a sus oídos de felina un grito profundo de terror. Un grito inhumano y desgarrador que daba perfecta cuenta a cualquiera que lo escuchara que quién lo lanzaba estaba sufriendo una agresión atroz. Sin embargo, nadie, de los transeúntes que caminaban por aquella estrecha avenida, «mal llamada “calle mayor”; cuando solo era un miserable callejón».  Parecía querer darse cuenta de nada.
Heriotza sí lo escuchó y su transformación de nuevo fue asombrosa, recuperó su aspecto humano en menos de lo que se tarda en pronunciarlo. Pensó entonces en su «nueva presa».
― ¡Bah, volveré después a por ella!
 No esperó más, se lanzó a correr sin pensarlo a una velocidad que para sí la quisiera cualquier corredor de los cien metros lisos.
No tardando apenas en recorrer los pocos metros que la separaban de aquel grito horroroso. Como supo intuir, aquel grito pertenecía a una mujer, apenas una niña, pues no debía de tener ni dieciocho años aún. En esos mismos instantes la joven se encontraba sujeta por dos jóvenes que no tendrían más edad que ella y que reían completamente drogados, mientras la toqueteaban de una manera lujuriosos y animaban a un tercero, un poco mayor que los otros dos, que encima de la joven la violaba jadeando y gimiendo como un animal en celo. Ninguno se dio cuenta de lo que ocurría hasta que fue demasiado tarde.
Heriotza no tuvo compasión, no pudo, ni tampoco quiso, tenía demasiada rabia encima para pensar. El primero en pagar su rabia fue el chico mayor, este apenas tuvo tiempo de sentir como era izado en el aire con una facilidad pasmosa, soltar un gruñido animal molesto por la interrupción justo segundos antes de poder acabar encima de la joven y sentir como un dolor lacerante le atravesaba de parte a parte las entrañas. Al caer al suelo cinco metros más allá completamente doblado y roto, le faltaba algo esencial para vivir; el corazón. Heriotza tiró al suelo el sangrante corazón y lo pisó con su pie derecho mientras no dejaba de mirar con sus fríos ojos de color violeta a los dos jóvenes violadores. Estos hacía unos segundos que habían soltado a la joven, que yacía desmayada en el suelo y se habían quedados paralizados de horror viendo como a su amigo una desconocida que no parecía tener más edad que ellos mismos, lo había levantado como si fuese un muñeco, le había arrancado el corazón con sus propias manos y lanzado a una distancia de más de cinco metros, y todo eso en apenas un minuto.
― Qué, muchachitos, ¿No os queréis seguir divirtiendo conmigo? Va, No me veis, estoy muy cachonda…― Heriotza se llevaba las manos a sus senos donde sus pezones se mostraban excitados, duros y erectos.
Los miraba divertida, los pantalones de los chicos mostraban ya síntomas de haber sido manchados por sus orines debido al miedo y el terror.

― Oh, ya veo, ¿no os excito lo suficiente, verdad? A vosotros solo os excitan y llaman la atención las jovencitas indefensas, seguramente, alguna amiguita vuestra que no pensó que cuando se fue de fiesta con vosotros, iba a ser engañada y violada salvamente por los que consideraba sus amigos―. No los dejó contestar ni hablar, su cuchillo de hoja reluciente de plata y manchado aún de sangre brilló nuevamente en su mano ensangrentada, mientras derribaba al joven de la derecha con una patada en los testículos, que lo dejó noqueado y doblado en el suelo sin un quejido. Al otro de sendos veloces movimientos circulares y rápidos le cortó el pene y los testículos de un solo tajo. El joven más por la sangre que por el dolor se desmayó al instante.

Heriotza se sentó a esperar tranquilamente a que despertara el segundo chico, el de la patada en los testículos. No tardó mucho tiempo, y al despertar estaba frente por frente de su amigo y compañero de correrías. En lo primero que se fijó fue en el charco de sangre que estaba debajo del cuerpo de su amigo. Temía que estuviera muerto. Heriotza lo sacó del error dando una patada al cuerpo del herido y dándole la vuelta. Entonces fue que el aterrorizado joven pudo ver el enorme boquete abierto en la ingle de su compañero y estuvo a punto de desmayarse otra vez.
― No tan deprisa, ¡maldito cabrón!― lo agarró por detrás del pelo tirando haciendo fuerza hacia atrás mientras le escupía.

― Tenéis que pagar lo que habéis hecho, pero lo vais hacer de una manera que lo recordéis toda vuestra puta vida, y créeme que te hubiera gustado más que te hubiera matado como a vuestro amigo―. Diciendo esto se echó sobre él, con tal fuerza que no le dejaba opción a llevar a cabo ni un parpadeo, y con movimientos felinos le desabrochó la bragueta y sin parpadear hizo una carnicería con todo aquello. Los gritos del joven se escucharon a kilómetros de allí, pero fue igual, nadie hizo caso. Los seres humanos están «muy ocupados en lo suyo», pensó. No sin cierta tristeza Heriotza, mientras miraba a la joven que permanecía desmayada. Sin duda el trauma lo llevaría toda su vida consigo, aunque Heriotza, ya no podía hacer nada con eso.
Heriotza se fue hacia la joven, antes le había quitado la chaqueta al joven violador, y tapó dulcemente con ella el cuerpo hermoso y joven de la chica. Después como si no pesara nada la cogió en brazos y se la llevó de allí, dejando el callejón sucio de sangre y de desechos humanos.
Escrita por Isabel A Hernández y Frank Spoiler