Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
                                 

Marcus, era un experto, nadie podía enseñarle más sobre modos de ligar y de cómo llevarse uno a la cama a una mujer. Claro, que era normal, con un rostro favorecido por los Dioses, cabellos largos y rubios, piel morena, ojos grandes y verdes y con una sonrisa traviesa y golfa que a las mujeres llevaba al cielo...  Y cómo no, sus nada despreciables 185 centímetros de altura, sin un gramo de grasa de más (ni de menos) y pura fibra en cada molécula de su cuerpo, bronceado por las horas intensas que dedicaba a su hobby preferido; El surf.

La mala suerte para él fue que, Fannia, no era una mujer cualquiera. Nadie supo nunca de dónde vino ni de dónde era. Apareció una noche de Abril de un día cualquiera cuando, junto a unas amigas «siempre estaba rodeado de ellas», tomaba unas copas en el “Waikiki Beach Walk” lugar de moda en Honolulu (Hawái).  Marcus era norteamericano. De una familia media americana de Florida (Jacksonville). Pero su excesiva afición al surf y a las chicas. Y su temperamento aventurero, le hizo marchar a Hawái colocándose de monitor de surf para los turistas en las playas de Waikiki (Honolulu). Dónde consiguió hacerse hueco por su buen hacer y carácter arriesgado, haciendo lo que solo unos pocos podían hacer por encima o por debajo de las olas de casi nueve metros de altura.
Fannia, fue directa a él, ni dudó y sin siquiera presentarse, lo agarró de la mano y lo sacó, de entre los brazos de sus amigas qué, mudas de la sorpresa, no supieron qué hacer ni cómo evitar que se lo llevara.
 Fannia, siguió tirando de Marcus, sin hacer caso de las miradas ofuscadas y enrabiadas de las amigas de Marcus, qué, viéndose sorprendido, no supo «o no quiso» reaccionar, dejándose llevar con una sonrisa divertida y no menos sorprendida.
No lo llevó muy lejos. Sabía de sobras que Marcus disponía de un departamento justo encima de la “disco” pues esta, estaba situada en la planta baja del hotel. Lo llevó sin mucha oposición por parte de Marcus, que, todo sea dicho, parecía embobado ante la belleza salvaje de la chica. Su cabello era largo y rizado, además en ese momento, lo tenía húmedo, como si acabara de salir de un baño.
Su color rojo fuerte, casi tirando a lava hirviente, y sus labios de igual color, tenían a Marcus, totalmente hechizado. Otras partes de su anatomía, cómo sus senos, altos, redondos y de un tamaño que no eran ni excesivo ni demasiado poco, En su justa medida. Y con unos pezones que se marcaban como cerezas en Mayo, debajo de su top de color azul. Le causaban una honda excitación a Marcus, que ya no podía esconder, con su short ajustado de color chillón, floreado y ridículo. Mostrando sin disimular y a todo el que lo quisiera ver, el enorme bulto de su miembro «admiración de todos sus ligues», que pareciera querer escapársele de los short. Su camisa abierta y a juego con el short, enseñando sus “tabletas de chocolate” bronceadas y duras como piedra que sin embargo, a Fannia, no parecía impresionar lo más mínimo, en su insistencia por arrastrarlo hasta el propio departamento de Marcus.
Marcus, no sabía cómo pero, la chica en cuestión, sabía muy bien dónde guardaba las llaves y no dudó en meter la mano en su bolsillo derecho y sacar la tarjeta (llave) con la que abrió la puerta. Seguidamente y sin soltar la mano de Marcus, entraron en el departamento cerrando seguidamente la puerta tras de sí.
Hasta entonces, ni Marcus ni la susodicha Fannia, habían abierto la boca.
«Ni falta que les hacía».
 Fannia, no le dio tiempo a preguntar ni a decir ni “esta boca es mía”, se lanzó sobre él derribándolo sobre la moqueta del salón y sacándole la camisa, el short y su minúsculo Slip blanco, a zarpazos y apropiándose del miembro erecto de Marcus, empezó un una sinfonía de chupa, muerde y vuelta a chupar que hacía poner los ojos en blanco y jadear como un poseso a Marcus, que se dejaba hacer sin oponer resistencia alguna.
Desde la primera chupada, Fannia, que pareciera tener en su saliva y en su lengua como una ligera electricidad que daba pequeñas descargas, cuando le pasaba su lengua por el glande y que hacía gritar de placer a Marcus, tanto era su placer.
Mientras, Fannia, como un músico experto, maneja su instrumento musical; con su mano izquierda, apretujaba y “sobaba” los testículos, y con el dedo índice de la mano derecha, le introducía un dedo en el ano. Era imparable, Marcus lo sabía, y si no hacía nada por evitarlo, se correría de inmediato en la boca voraz de la chica. Y nunca le gustó acabar antes que ellas.
No tuvo que pensar ni aguantar demasiado, Fannia, viendo la cara de placer de Marcus, por el rabillo del ojo, se apartó y saltó a caballo sobre la polla, tiesa y lubricada por la saliva de ella y de sus propios fluidos. El miembro entró sin esfuerzo en la cavidad vaginal, resbalando por aquel túnel, caliente y palpitante que parecía no acabarse nunca.
 Marcus, tan emocionado y casi en éxtasis, ni siquiera pudo ver cómo se quitaba la ropa la chica, solo vio que ya estaba completamente desnuda y que sus pezones, como cerezas rojas y brillantes, estaban a la altura de su boca y no desaprovechó la ocasión para mordisquear y chupar  aquel dulce y lujurioso fruto. Mientras tanto, sus manos atrapaban a Fannia, por las caderas y la apretaban hacia su miembro con rítmicos y ágiles movimientos escuchándose el denso chapoteo de los fluidos al mezclarse los de él con los de ella, como si fueran notas musicales, en una sinfonía de chapoteos sin fin.
El orgasmo simultáneo de los dos fue apoteósico, parecían dos cables pelados de alta tensión chocando el uno contra el otro.
Los gemidos y jadeos de Marcus fueron subiendo de tono hasta convertirse en verdaderos aullidos que, muy pronto, enmudeció Fannia, con su boca bebiéndose “literalmente” sus gritos. Los ojos de Marcus, se abrieron desmesuradamente mostrando en ellos toda la sorpresa y desesperación. ¡No podía despegar la boca!
Y Fannia, le succionaba y succionaba… La boca de Fannia, parecía una ventosa y no paraba de succionar y lo que aún fue peor, Marcus notó cómo por su miembro, todavía duro, sentía pequeños mordiscos que le hacían un daño horrible y que al no poder gritar le provocaba una angustia y un terror visceral que casi le provocan el desmayo. Mejor hubiera sido para él pues, sin él darse cuenta… ¡se lo estaban comiendo vivo!

Marcus, aún tenía los ojos vidriosos y respiraba cuando, Fannia, se apartaba de él y decía muy cariñosa… «Comer mis pequeñas, que el papi dice que hay para todas».
Por la boca, nariz, sexo y ano, y hasta de las orejas. Salían unas asquerosas larvas que iban dejando tras de sí un reguero de sangre mientras devoraban su carne hasta dejarlo en los huesos. ¡Perfecto mis niñas, la “miasis” cada vez es más rápida y perfecta!
Desde luego, Fannia, no era “una chica normal” desde su viaje al África central, buscando aventura no fue nunca la misma. Y toda la culpa la tuvo, Richard. Sí, la dejó sola, huyó como un cobarde en su 4 x 4 Aro “10”, cuando vio aquella masa negra y dorada que se aproximaba al campamento, ella ese día tenía unas fiebres que no conseguían curar con ningún tipo de antibiótico y que el médico del campamento «un voluntario de médicos sin fronteras», no quiso o supo tratar.
Nunca logró saber «cómo logró sobrevivir a aquel horrible ataque de aquellas moscas ¿africanas? ni por qué ocurrió tal suceso». Según se informaría meses después, las moscas, no solían vivir en colmenas, como sí hacían las abejas, ni actuaban igual que las mismas, eran más bien independientes y vivían solas… «Algo en su interior le decía que aquellas moscas “no eran normales”», aunque ante el solo hecho de pensarlo sentía recorrerla un helado escalofrío por todo el cuerpo.
No fue hasta que ocurrió la primera vez cuando, de vuelta, con Richard, este la convenció para que lo perdonara y acabaron practicando el sexo más brutal y salvaje.
No fue hasta despertar al día siguiente cuando, al contemplarlo “vio” lo que quedaba de él... un amasijo de carne deshecha y huesos mondos y lirondos y... ¡gusanos... millones y millones de gusanos pululando por aquel amasijo de carne ensangrentada!
Extrañamente no sintió nada, tal vez asco... se quedó quieta, contemplando ¿admirada? Lo que sucedía después, como esos millones de gusanos iban despacio, dejando solo un esqueleto brillante y pelado. Ahí se dio cuenta por fin de el por qué, ella, había finalmente sobrevivido a aquel horror, las moscas… ¡La habían elegido como su Reina! Y por supuesto… ¡no las iba a defraudar!