Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...


Año 2113 (siglo XXII). De madrugada, acompañado tan solo por un silencio estremecedor, sepulcral. Los propios latidos del corazón como único sonido y compañía. Mis ojos, buscaban acostumbrarse a las sombras que vestían de negro cuanto se extendían ante ellos. Me habían vuelto a encontrar, claro que no podía ser de otra manera, tenía que ser así, Él, «debía morir…», y siempre por las mismas fechas en que murió… la última vez, «23 de agosto de año 1113». La profecía debía cumplirse.
Estaba sólo... y el horror me hacía masticar y comerme mi propio miedo, sin darme opción a expulsarlo hacia el exterior. Ya quedaba poco, veía sus sombras moviéndose delante de mí, ellas creían que no las podía ver y... era cierto, pero, las olía, olfateaba su nauseabundo olor, su pestilente aroma, ¡olían a muerte!
Ahora sí. Ahora percibo sus fétidos alientos quemándome el rostro, no sé cuántos son pero, siento como sus sangrientas y sucias garras me sujetan y empujan contra la pared.
Imposible escapar... son muy fuertes y están bien entrenados, por algo les llaman... «Los demonios de Belcebú». «Aunque eso sí, eran perros rabiosos y sanguinarios».
Siento un insufrible dolor quemando mis entrañas… me están abriendo en canal con sus fétidas garras. Mis desgarradores alaridos no les detienen ni parece afectarles, y, continúan con la masacre... cada desgarro, incisión o mordisco, es una mutilación sufrida en mi cuerpo, llevadas por mis centros nerviosos maltratados a mi cerebro a modo de impulsos frenéticos y terrible sufrimiento.
 Las mutilaciones se van produciendo una tras otra sin que mis gritos de angustia o dolor les detenga ni afecte lo más mínimo. Voy viendo delante de mí, mis propios miembros desgarrados… vísceras, piernas y brazos arrancados a mordiscos y a zarpazos, desgarrando tendones y arterias.
La angustia y el sufrimiento son extremos, estoy a punto de desfallecer «ni sé cómo ni el por qué sigo con vida». No dejo de pedir a Dios que todo se acabe o pierda al fin el conocimiento, pero eso no sucede, y, mis ojos siguen siendo fieles testigos de mi propia tortura y muerte.
NADIE acude a socorrerme ni a mis gritos de horror y muerte. Al fin dejo de sentir sus mordiscos, sus golpes o arañazos, y, lo poco que queda entero de mí, «apenas el tronco», se desploma sin fuerzas al suelo.
En lo último que me da por pensar es; «mañana otros perros, estos de cuatro patas y salvajes, se darán un buen banquete con mis huesos...».
No podía ser de otra manera… desde el día en que, cumpliendo las ordenes de Lamshala ―Suma sacerdotisa y… mi madre―, «aunque ella jamás le permitió lucir tal distinción y fue bautizado como “el bastardo”». Fue ella, la que le ordenó dar muerte a la joven Aressa, hija del gran Rey Nervión, «Rey de todos los reyes» y más conocido por la plebe como «El Benigno», por su carácter afable y conciliador. Muy querido e idolatrado por su pueblo. Hasta que fue envenenado por la malvada y temible, Suma sacerdotisa, Lamshala.  «Recordó entonces lo que sintió al ver a la joven Aressa, al principio, frialdad, era su trabajo y debía de cumplirlo, Aressa, debía de morir, su «dueña, Lamshala, así se lo había ordenado por medio de su lacayo, el viejo Azrael, su mentor, el hombre que le enseñó todas las artes de matar.  Y que hasta ese momento fuera su amigo, mejor, fue su padre, pues fue del único que recibió algo de cariño.  
 
Él fielmente cumplió la orden dada, salvo que… No, no tuvo valor ni pudo matar al bebe que llevara la joven también en sus brazos y… esa fue su condena. Nunca había visto un bebé, mujeres sí e incluso, casi tan bellas como la que estaba contemplando, pero un bebé, un pequeño como aquél no. Algo me recordaba a… ¿quizás lo que fui? Puede, pero era la inocencia personificada, la absoluta confianza del rechoncho ser en que solo ha de ser amado y acariciado y a diestro y siniestro sonreía. ¿Habría sido yo así alguna vez? ¿Alguien me habría querido alguna vez? ¿Tuve padres? Demasiadas preguntas para un vulgar asesino. No pude matarlo, al fin y al cabo.
La sacerdotisa Shylara, lo maldijo para siempre a vagar por entre los mortales y a vivir oculto entre ellos para la eternidad, mientras, sus Elfos asesinos, sus persecutores, lo persiguen día tras día… hasta darle caza y muerte “Los demonios de Belcebú” no fallan jamás, «Saben cuál es su castigo si lo hacen». Yo puedo jurar que lo sabía y acepté el desafío, no podía hacer menos, fui un asesino a las órdenes de mi Reina y es por ello que no puedo obviar lo que hice.  Hoy hace siglos que lo estoy pagando, aunque ya no me importa, soy consciente de que fui castigado a morir eternamente y ver ante mis ojos mi propia sangre.  Tantas veces derramada ante mí que apenas soy capaz de esbozar una mueca de repugnancia, sé que mi tortura durará tanto como dure el infierno… y mucho me temo que será eternamente.
Mientras doy mi último estertor, intuyo más que veo, las sombras alejarse cumplida ya su misión, ahora buscarán una nueva víctima. Y mi espíritu… por los siglos de los siglos… un nuevo inocente al que poseer. Soy Biel, el jamás soñado, Dios de los condenados a vivir y a morir perpetuamente en pecado.