Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 19:43:00


―En estos momentos pasamos la información del tiempo en España… ― Decía Carlos justo en ese instante en que le pasaron una nota informativa.
― ¡Esperen! Me pasa un comunicado urgente… «Se hizo un nervioso silencio en el plató del informativo, una operadora de cámara le pasa al presentador unas notas, parece estar muy agitado y nervioso»
El presentado no parecía dar crédito a lo que leía, miró hacia su director, luego a hacia su redactor jefe; sí, no hay había duda, la cosa era totalmente cierta. Carraspeó y se arregló el cuello de la camisa, parecía no estar a gusto, se angustiaba por momentos, «alguien le da una orden por el pinganillo acuñado en su oreja izquierda desde el otro lado de las cámaras», y ahora sí, miró muy preocupado a la cámara número dos y comienzó a hablar muy despacio y con voz profunda;
―«Señoras y señores, tenemos que comunicarles algo muy serio. Ha ocurrido algo terrible, una banda terrorista, de la cual, aún no sabemos el nombre. (Aún no se han pronunciado al respecto). Han ocupado TODOS los puertos y aeropuertos más importantes de toda España… «Pausa para beber un trago de agua, parecía tener la garganta seca como esparto».
― En estos momentos no se conocen datos que puedan indicar que haya visto pérdidas humanas ni materiales. Parece ser que estaba todo tan bien preparado y organizado, que los empleados de seguridad de los puertos y aeropuertos no pusieron ninguna resistencia. Puestos en contacto con los altos mandos del ejército español, no nos dan razones ni noticia alguna, por lo cual, solo sabemos lo que dijeron algunos rehenes a sus familiares, antes de que se les requisaran, móviles, PDM, o sus Notebook. Por lo tanto, estamos totalmente a oscuras. Los mantendremos informados según a nuestros redactores les vayan llegando noticias.
Carlos Antonio Mena, el presentador, no pudo quedarse más tiempo parado, y se levantó de un salto, yendo directamente hacia su director.
― ¡Explicarme bien por favor! sabéis que la mujer y los niños, salían hoy justo de viaje hacia Málaga, donde viven los padres de mi mujer ― Afirmó convencido Carlos, muy nervioso.
― Cálmate Carlos, no sabemos más que tu ahora, nos ha pillado a todos por sorpresa, e incluso, nuestros reporteros saben más que tu.
Carlos, se mesaba intranquilo el cabello; recordaba entonces que ya esta mañana, sobre las doce del mediodía, su mujer no contestó al móvil «cosa rara en ella, que siempre lo llevaba en la oreja» en ese momento él no pensó mal, al contrario, imaginó que ya estará en el avión y que no debería tener cobertura.
Ahora sin embargo, después de esas malas noticias, ya no las tenía tanto consigo. ¿Y si estaba como rehén de los terroristas? ¡Mejor ni pensar en esa posibilidad! Se dijo, en un suspiro de desaliento.
― ¡Todos a sus puestos, nos dicen que tenemos algo!― hablaba, el redactor jefe, llevándose las manos, a sus «pinganillos» intentando escuchar mejor las noticias que le decían por ellos.
― ¡Carlos, a tu puesto, rápido! ― le señalaba su mesa nerviosamente.
― Ves leyendo lo que te dicen a través del monitor.
Carlos, fue a su mesa y se puso delante de las cámaras, esperando muy atento cualquier cambio en su monitor.  Fueron apenas unos segundos nada más, pero le parecieron siglos.
Por fin, parecía que iba a salir algunas letras y Carlos estaba presto a leer cualquier noticia, las que pusieran, cuando, nada más salir las primeras letras, el monitor hizo un fundido, y todo desapareció como por arte de magia.
Al volver la imagen, se pudo ver que ya no habían letras; qué lo que sí había, era una veintena de soldados, armados hasta los dientes y dispuestos a todo. En medio de la pantalla, el rostro serio y circunspecto de un general de división, que en esos momentos decía:
«No, esto no es una película militar; soy el teniente general, González de Heredia, de la 1ª división de tierra del ejército español. Tenemos todos los puntos estratégicos del país en nuestro poder y…»
Carlos miró a su jefe, y este lo miraba a él…
― es increíble…― Balbuceó apenas Carlos.
― ¡Son soldados españoles, de nuestro ejército! ¡Dios…! ¡Esto es un Golpe de estado!

Fuera de aquel plató de televisión, en un apartado hotel de la costa catalana.
 

Dos hombres discutían acaloradamente.



― No lo mires como si fuese un golpe de Estado, Javier ―.Adujo su interlocutor, a modo de tranquilizador discurso.
― El ejército son los únicos que pueden parar algo toda esta estupidez y este sin sentido de un gobierno totalmente vendido a empresarios y banqueros, los cuales solo buscan su beneficio y les da igual arruinar a España o al mundo entero.
―Pero... Tú… ― Balbuceó Javier.
― ¡Eres el ministro de defensa, por Dios!― Fue más que un grito, un reproche.
― ¿Y eso qué importa, Javier?, acaso, ¿no eres tú, portavoz oficial del gobierno? ¿Y qué pasa?― lo miró con conmiseración Enrique Cipreste; actual Ministro de defensa.
― Pero… ¿dime, por qué?― preguntó atónito Javier

― Porque es lo mínimo que puedo hacer por los españoles, ellos nos votaron, confiados en nuestro equipo de gobierno y en nuestro presidente, ¿Y mira, como se les está pagando esa confianza? ¡Los han vendido! ¡Nos están vendiendo a todos! ¿Es que no eres capaz de entender, Javier? ¡Voy hacer lo mejor para los españoles, sacarlos de la moneda única, y devolverles la peseta! ― Remarcó convencido de sus palabras Enrique.
― Los voy a proteger de los productos invasores. La industria española y la europea volverán a florecer así. La competencia desleal a la que nos someten los asiáticos será la miseria de nuestras futuras generaciones.



Javier se mantenía completamente absorto, no entendía qué pretendía su amigo de toda la vida, Enrique Cipreste y ministro de defensa español. Mas, no dijo nada, solo pensó si no se habría vuelto loco.


A la mañana siguiente se reunía Javier de nuevo con Enrique e Ismael. Ministro de exteriores y afín a su presidente, Ramón Montaner.

― Enrique se ha vuelto loco―decía mirando a su amigo, Javier.

 ― Va a convertir a nuestro país en otra Cuba. Ha ordenado cerrar todos los puertos del país.

― ¿A qué te refieres?― preguntó extrañado Ismael.

― Quiere frenar la entrada de mercancías terminadas provenientes de Asia―. Miró severo a Enrique, que parecía no estar presente sumido en sus pensamientos.

― Pero ¿qué estás diciendo?― Abrió los ojos como platos de postre Ismael.
― Ahora que teníamos un acuerdo muy importante con ellos que…
― Vamos a cerrar un acuerdo por el cual, a cambio de financiación, a las pequeñas y mediana empresa les permitiremos y facilitaremos su comercio con nosotros― le interrumpió Javier.
 ― Pero si… habíamos llegado a un acuerdo con ellos para que, incluso nos facilitarán alojamiento cada vez que fuéramos a visitarles…

― Curiosa forma de decir que nos regalarán una casa a cada uno― saltó Enrique, saliendo de su mutismo.

― Eso es lo de menos, sabes que para ellos no es nada― dijo Javier.
― Pero está loca idea tuya nos puede llevar a qué los demás estados europeos nos hagan el vacío y nos dejen fuera de las decisiones importantes sobre la alianza europea―. Miró a su amigo Enrique con un evidente enfado.
 ― Es un atentado a la globalización― acabó su discurso Javier.

― Dejemos que se explique Enrique― dijo Ismael.
 
Horas más tarde, en una grandiosa mansión del barrio de la «moraleja»

― Escuchadme, si queremos salvar nuestros planes de expansión y enriquecimiento a costa de todos los españoles, debemos de ser duros, ―sentenció Mario Cuerda, empresario y político retirado. «Una de las mayores fortunas empresariales españolas».
― Tendremos que eliminarle―. Sentenció mirándolos a todos uno por uno. Trece hombres y seis mujeres, se sentaban frente a él, y todos le debían algo; estar en el poder gracias a él y a su dinero.

― ¿Qué entiendes tú por "eliminarle"?― pregunto Carmen Pastor. Ministra de cultura.
Se volvieron todas a mirarla como si estuviese loca, aunque no le dijeron nada; «no por algo era la mujer del anfitrión, Mario Cuerda».

―Es lo único que podrá frenarle y apartarle de su demencia y su existencia―. Prosiguió, ignorando deliberadamente a su esposa la ministra.

Enrique, gran amigo del rey se presentó ante él pidiendo su experto consejo, a lo que el rey no tuvo inconveniente en aconsejar.
― Majestad, ¿En qué piensa?― lo invitaba a hablar, Enrique.

― Seré breve, y agradezco que me consultes―. Habló con voz grave.
― Me estoy volviendo "pequeño", "normal" diría la gente. Toda la vida he recibido cartas de personas anónimas; anónimas porque no los conozco personalmente, pero con nombres y apellidos. Últimamente he venido haciendo más caso a estas cartas con el ánimo de entender qué está pasando, y encuentro historias de ciudadanos, que luchan por sobrevivir de la misma forma que lo harían hace 500 años, comprando, fabricando, vendiendo. De repente, víctimas de la globalización se ven imposibilitados de poder seguir desarrollando su actividad porque la presencia de, lo que yo llamo, productos invasores los arruinan completamente. Estos productos invasores, no solo acaparan toda la materia prima, sino que luego salen a la venta por un tercio del valor de mercado en este país. Esto es, como traer a un clima templado, una de esas especies tropicales, que lo devoran todo y destruyen el ecosistema.

― ¿Cuánto tiempo considera necesario que deberíamos seguir así?― lo miró Enrique con preocupación.

― Un año. El tiempo justo para que se reactive la industria perdida―.
 Enrique se quedó en silencio.
― Y ahora, si no te importa, desearía volver a mi casa, Su Majestad la Reina, me espera para almorzar juntos― sonrío pícaramente su amigo el Rey. 

Enrique se levantó para despedirle debidamente y acompañarlo. Había entendido a la perfección lo que su amigo el Rey quiso decirle.




En una sala de relax...

Ismael, había jugado mucho al golf, sabía cómo pasar del reposo al golpe certero y así lo hizo ¡paf! le clavó la aguja.
Enrique, que justo estaba en la ducha, refrescándose del esfuerzo del partido de golf, no tuvo tiempo de nada, fue sentir el pinchazo en la espalda y escuchar a su consejero Ismael, todo al mismo tiempo.

 ― Enrique, empezarás a notar que tus músculos se paralizan... hasta que también se paralice el corazón.

"Bum, bum, silencio, bum, bum, silencio", era lo único que Javier podía escuchar, paralizado esperando su fin.
Mientras su cuerpo se vencía hacia adelante tuvo aún tiempo de escuchar el gran estruendo de la puerta de entrada a los vestuarios al estallar en miles de pedazos. No pudo escuchar sin embargo, la triste voz de un teniente general mientras decía;
― ¡Por Dios, llegamos tarde! ¡Arresten a este hombre, acusado de matar al ministro de defensa, Enrique Cipreste!
 
A cincuenta kilómetros de allí, Javier, estaba a punto de coger un avión; «tenía que cumplir una misión muy importante, encomendada por su amigo y ministro de defensa, Enrique Cipreste».