Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 20:24:00

 

Los días pasan, quizás demasiado lento cuando se piensa tan solo en cómo saciar su eterna sed de venganza.
Ella lo tenía bien comprobado. Habían pasado apenas unos días desde que Edna había desaparecido de la ciudad pero a Heriotza le parecían semanas.
Ramón se había encargado de difundir la noticia de que Edna estudiaría en el extranjero, para evitar dar explicaciones vergonzosas.
Que tontoPensóUna sonrisa irónica se dibujó en sus labios.
Que los demás se preocupen de lo suyo ¡Ramón! Exclamó para sus adentros. ¿Por qué debía de interesar a nadie, si Edna se fue o se quedó? Quizás si la gente se dedicara a sus asuntos, ella no tendría que hacer lo que todas las noches, sin excepción, hacía, limpiar.
El vaho que salió de su boca al suspirar de impaciencia llamó su atención. Hacía mucho tiempo que cualquier rastro de humanidad había desaparecido de su ser.

― Te estás ablandando querida― interrumpió una voz que provenía de las sombras.
― Métete en tus propios asuntos― Respondió cortante, sin volverse.
― De acuerdo― Respondió «la voz» mientras caminaba hacia el borde de la azotea desde donde Heriotza hacía su vigilancia.
― Pero no he podido dejar de notar que últimamente, tu selección de deudores ha variado… un poco― puntualizó con sorna.
― ¿Qué más da?-- Respondió con indiferencia―. De igual forma todos lo merecen.
― Si… lo merecen― respondió su acompañante mientras miraba a un par de jóvenes que caminaban con cautela por la fría y oscura calle de abajo.
― Es solo que aun no entiendo… ¿Cuándo nos traerás a aquel del que tanto has jurado vengarte?
― No necesitas entender― respondió tajante― te he dicho que te metas en tus propios asuntos.
Molesta, se dejó caer de la orilla de la azotea.
Quería alejarse cuanto antes de él. Le hacía enfurecer. Por eso detestaba hablar con él.
De alguna manera, podía adivinar sus… ¿Sentimientos?
No… hacia mucho que no podía sentir nada.  Sabía muy bien que aquellos que vivían mostrando sus sentimientos, eran presa fácil y podían darse por muertos…
Sus pensamientos… sí, siempre “leía” o adivinaba sus pensamientos…
Corrió calle abajo de manera casi imperceptible. Al final de la oscura calle, se apostilló en las penumbras.
En ocasiones no sabía cómo es que llegaba a este lugar.  El movimiento en el interior del hogar que se encontraba justo frente a su escondite le llevaba imágenes de tiempos pasados a su cabeza y se corrían frente a sus ojos como una vieja película muda.
Sólo… solo será un momento. Pensó para sí misma Solo un momento y ya no volveré.
Que promesas tan absurdas… eran las mismas que se hacía cada día.
Promesas que nunca había sido capaz de cumplir.
No quería, sin embargo, sus pasos siempre la acababan llevando hasta ahí… a su casa; la casa de sus padres.
Construida por su papa años atrás, aunque no pudo disfrutarla demasiado… a poco de acabar, unos malditos entraron a robar y le mataron sin contemplaciones.
Menos mal que ni su mamá ni ella misma, estaban en casa en esos terribles momentos.
 Al regresar de hacer unas pocas compras, lo hallaron, estaba tendido de bruces en medio de un gran charco de sangre, no tuvo ni tiempo de defenderse, se veía a las claras que lo habían degollado por la espalda, a traición, como solo puede hacerlo un cobarde.
Malena aún guardaba en su pupila la última imagen de su papá, en sus ojos habían dos lágrimas. Las dos últimas lágrimas, quizás llorara por no poder despedirse de quienes más amaba, su esposa y su amada hija.
 
Tardó años en volver, muchos años. Diez años exactamente.
No querían dejarla marchar hasta que… estuviera lista. Fue «entrenada» muy dura e intensamente. La enseñaron todo tipo de métodos de lucha hasta convertirla en lo que la habían convertido: ¡una limpiadora!
La primera vez que se encontró ante esa misma puerta, estuvo a punto de abrirla, entrar, ponerse a darle abrazos y besos, ¡la adoraba tanto!, pero vio, al asomarse por una de las ventanas, «la que daba a su habitación».
Que la había convertido poco menos que en un mausoleo, llena de sus fotos infantiles, velas encendidas por cada uno de los rincones y… una gran foto del día de su comunión, con apenas ocho años. Y enfrente y de rodillas a ella… Su madre.
Al principio le costó reconocer en aquel rostro marchito, de ojos apagados, oscuros, con una tristeza en ellos que harían estremecer al más fuerte. No, no podía reconocer en aquel ser a su madre.
 Llevaba diez años, diez años sin sentir nada. Nada que no fuese sus enormes deseos de venganza.
Todos los demás sentidos los tenía muertos. Sin embargo, ese día notó como su corazón latía desaforadamente y sus ojos empezaban a… escocerle.
Desde entonces que no podía evitar ir cada noche. La observaba cada noche durante unas horas, hasta que se iba a dormir. Nunca la dijo nada. Mejor que siguiera llorándola, ella, ya no era humana.

 
―¿Pensaste en ellos mientras les destrozabas a golpes hasta que acabaste con sus vidas?― Preguntaba Heriotza, al pegarle otra soberana patada en los intestinos.
Samuel aulló de dolor.
―Esos pobres ancianos… ¿Qué te hicieron ellos, di? Esta vez la patada fue en la entrepierna.
Samuel se dobló sobre sí mismo soltando un alarido y perdiendo seguidamente el conocimiento.

Heriotza se sentó tranquila en el sofá a esperar a que despertara. No había podido llegar a tiempo para salvar a los dos pobres ancianos, pero, sí podría vengarlos.
Cuando Samuel despertó se vio así mismo colgado de los pies a través de un espejo que había colgado en el salón, estaba atado de pies y manos, las manos a su espalda. Parecía un cerdo después de pasar por las manos del matarife una vez degollado.

Empezó a agitarse con los ojos desorbitados y una expresión de miedo y horror en sus pupilas, buscaba desesperadamente a la mujer que había logrado noquearle y atarlo de esa manera tan poco «honrosa» para un hombre como él. Acostumbrado a aterrorizar y no, a ser aterrorizado.
Las manos de Heriotza lo sorprendieron una vez más, siendo agarrado por detrás con la maestría de un matarife. Lo sujetó por el cuello, volviéndolo hacia ella.
Samuel lanzó un alarido de pavor al ver lo que sujetaba Heriotza en su mano izquierda. «Un gancho de carnicero» lo había encontrado en la cocina y le iba a dar un buen servicio.
Con una velocidad endiablada y aprovechando que tenía la boca abierta por el alarido, le enganchó la lengua con el gancho y estiró de ella hacia fuera segando de un tajo seco su asquerosa y sangrienta lengua.
Increíble la rapidez con que lo hizo, un ojo humano hubiera sido incapaz de verlo.
Isaac sí lo vio. Desde una esquina del salón, fumando tranquilo, fue testigo mudo y sonriente de cuanto sucedió aquella noche.
Pudo ver cómo una vez cortada su lengua, Heriotza, ya sin miedo a que sus gritos la denunciaran, le fue sacando la piel con la destreza de un cirujano sin hacer caso de sus gritos y alaridos de dolor.
Y vio una cosa más Isaac, cómo al hacerlo, Heriotza, tenía un orgasmo intenso y espectacular. Vaya, que disfrutó de cojones la tía.