Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 10:08:00


Cansado después de una larga noche en la última escena del crimen y sin más líneas de investigación que seguir, se rindió finalmente por ese día.
En silencio se encendió un cigarrillo, se levantó de su asiento y tomó su gabardina, era tiempo de ir a casa — se dijo para sí y comenzó lentamente a andar hacia la salida del despacho.
Recordó algo de pronto y giró sobre sus pasos. Tomó el teléfono para llamar a la esposa de Joel.
―Hola? ―contestó una niña al otro lado de la línea.
―Hola pequeña ―contestó amablemente Novoa―¿Está tu mamá?―
―Buenos días tito, si, te la comunico― Anunció su pequeña sobrina de apenas 6 años de edad. Ella y su madre se habían mudado a su casa hacía apenas unos días, a raíz de haber perdido a su padre de manera trágica.
Un desalmado, había asesinado a su padre en un oscuro callejón…
Pero Jorge Novoa se había jurado que tarde o temprano, ese maldito, pagaría por la muerte de su hermano… Joel Novoa… Poco podía imaginar Jorge Novoa "quién era de verdad su hermano".
Al comandante Novoa, su cuñada, nunca le había querido contar, las enormes palizas y continuada mala vida que les había dado su “querido” hermano. Hasta el último día de su muerte y por supuesto, nunca le quiso mostrar, a Jorge, la satisfacción y alegría que había recibido al enterarse de su muerte; “un alma caritativa” le había hecho el favor de quitarle aquella escoria de encima, las gracias le daba al cielo.
Aún recordaba el día en que lo encontró intentando abusar de su propia hija, esta estaba dulcemente durmiendo en su cama y él, su padre… ¡Dios mío! Lo que sintió en ese momento no se puede describir, dolor, miedo, asco, pero sobre todo, ¡rabia! Una enorme rabia que fue lo que la hizo saltar como una fiera sobre su asquerosa espalda clavándole sus uñas y dejándole una marca sangrienta en ella, mientras lanzaba un grito desgarrador de fiera salvaje. Joel, gritó de dolor al sentir las uñas desgarrando sus carnes al mismo tiempo que se giraba y daba un enorme puñetazo en el rostro de Silvia. Esa noche Silvia recibió la paliza más salvaje y cobarde de su vida pero… salvó a su hijita de algo peor que la muerte «ser abusada y violada por su propio padre».
Gracias a esa “alma caritativa” no tuvo opción de volver a repetir tamaña cobardía.
Pero nada de eso sabía el comandante Novoa, ni se iba a enterar, por lo menos por boca de su cuñada Silvia, esta sabía que con lo cegado que estaba por su cariño a su hermano, nunca se lo creería. Otra cosa que ella jamás le confesaría era su amor, amaba a Jorge Novoa, siempre lo amo, solo que, eligió mal, se equivocó al elegir. Tras unos meses saliendo con Novoa, este le presentó a su hermano pequeño y Silvia siempre reconoció que se sintió impresionada por su sonrisa, su labia, su planta; alto, delgado y… guapo. Y como no, el precioso deportivo rojo que tenía aparcado en la puerta. No tardó Silvia en decantarse por Joel, sumiendo a Jorge Novoa en un gran dolor, aunque debido a su carácter serio y adusto, jamás lo demostró.
 
No. Nada de esto sabía el comandante Novoa. Quizás por eso su constante mal humor que no menguaba con los días, más bien al contrario, cada vez sentía mucha más rabia y a la vez impotencia, al no saber cómo resolver el caso.
 
Ramón se detuvo ante la puerta, suspiró un segundo y golpeó con los nudillos. La puerta tardó solo unos segundos en ser abierta por un hombre ya harto conocido por Ramón. El hombre hizo una seña a Ramón apartándose a un lado para que seguidamente, Ramón entrara sin decir ni una palabra.

―¿Qué haces aquí Ramón? Sabes que no debíamos vernos nunca más, nos jugamos el infierno aunque… este ya lo tenemos ganado desde aquel día… ―Se persignó apuradamente.
―Padre Manuel, está ocurriendo algo que no me permite cumplir con lo pactado, Malena…
El hombre llamado “Padre Manuel”, abrió sus ojos como platos al escuchar ese nombre de labios de Ramón, persignándose varias veces.
―¡Sí, Padre, mi Malena… ha vuelto! ―Pronunció su nombre y se derrumbó quedando de rodillas a los pies del Padre.
 
Malena tiene algo que contar 

―No puede ser hijo mío―se persignó estremecido el padre Manuel
―Tú mismo la viste morir, en tus brazos, según me contaste años más tarde en una confesión.
―Es cierto padre, se lo dije y fue verdad, ella murió en mis brazos, pero también le conté “mi secreto”, la última voluntad de Malena… ―temblaba Ramón sin poder evitarlo, recordando las últimas palabras de Malena: «Un día regresaré a buscarte, necesitarás mi ayuda y yo necesitaré la tuya, mi amigo… lo miró con sus ojos color violeta. Hace unas horas… vendí mi alma al diablo. Sí, lo hice por venganza… ¡NECESITO VENGARME!
No. No te sientas culpable, me equivoqué al no hacer caso de los consejos de mi pobre madre… hoy pago justo castigo a mi desobediencia. Nunca olvides estas palabras Ramoncín; volveré, aunque seguramente, ni puedas reconocerme».
El padre Manuel no dejaba de persignarse, como si el mismo demonio le estuviera hablando, parecía no entender, o, no quería entenderlo.
―Hijo, dime, ¿qué quiere Malena de ti?
Ramón tragó saliva con dificultad, parecía costarle hablar.
―Padre… ella quiere que yo entierre con mis propias manos a quien la mató.
El padre Manuel enrojeció y su respiración se hizo agitada y pesada.
―p… pero, ¿sabe dónde está? ¿O dónde encontrarle? ¡Dime, Ramón! ¿Lo sabe? ―el grito lanzado por el padre Manuel en la última pregunta puso de manifiesto a Ramón que el señor cura estaba tan preocupado o más que él por la venganza de Malena.
Eso lo alivió, pensó que cuanto menos no estaba solo y, por un momento, se sintió apoyado y respaldado. Al fin y al cabo, tampoco entendía el “capricho” de Malena porque él fuese quien enterrase a su asesino.
«¿Por qué no matarlo y dejar que se lo coman los buitres carroñeros? ¿A qué venía ese interés en darle sepultura y encima, dársela él?»
Pobre Ramón, si tuviera el poder de entrar en las mentes ajenas y “leer” la del Padre Manuel, no se lo estaría preguntando. Pero claro, él no era Heriotza. Tampoco quiso nunca preguntarle al padre Manuel por la extraña mancha de su cuello que, ligeramente, parecía la sombra de una mariposa.
Mientras en un lugar no muy lejano a la iglesia. Heriotza se tenía que enfrentar a un peligro inesperado, estaba vez ella no era la cazadora, sino, la presa.
La tenían miedo y esta vez habían logrado contratar a unos profesionales muy peligrosos y de calidad. Iban a por ella, no cabía duda de que "a alguien" les estorbaba. Los tres esbirros sonreían, estaban muy seguros de que nadie les iba a impedir "su trabajo" y ya se veían victoriosos. (Nada más equivocado), 
Nunca supieron de "dónde" salió "aquello" fue algo así como un meteoro girando y dando volteretas hacia donde se encontraban y a una velocidad imposible de detectar por el ojo humano. El ser, en un centelleante movimiento llevó sus dos manos a la espalda y al volverlas a enseñar llevaba sendos sables, tipo sable pirata, usado hacía más de cuatrocientos años antes de Cristo por corsarios. Y los movió ágilmente en las narices de los esbirros, no dejándoles tiempo ni para el asombro. En poco menos de unos segundos acabó con todos ellos, pudiendo verse tres cadáveres dispersos por el suelo, «como un puzzle roto y descompuesto en unas grotescas formas (nada geométricas), y en medio de unos rojizos charcos de sangre».
Una vez y se deshizo de aquellos cobardes, "El meteoro" se plantó frente a Heriotza y sonriendo la besó, entrelazando una fracción de segundo, sus lenguas. Después, la guiñó un ojo... desapareciendo tan rápido como vino.
En el intercambio de saliva, su boca quedó impregnada de su sabor a hierba luisa y a yerba buena y la de él quedó infectada a salitre, azufre y... muerte; del alma de Heriotza, emponzoñada y endemoniada.
Heriotza se quedó tan perpleja que no pudo o quiso, detenerlo. Por primera vez en muchos años ella fue la primera sorprendida, ¿gratamente?
Aunque no por mucho tiempo... Heriotza tenía "mucho por hacer" y poco tiempo para hacerlo y eso a ella no se le olvidaba.
Su venganza estaba aún inconclusa y debía "esmerarse" sí quería tener "contento" a su amo. Al menos hasta lograr aniquilar al único culpable de que albergara en su cuerpo y en su alma tanto odio. ¡SE LO DEBÍA Y LO IBA A PAGAR CON CRECES!
―Nena, ese odio va a ser tu perdición―Escuchó tras de sí, luego de una risita socarrona.
No se volvió, conocía demasiado bien a su dueño, sabía que Isaac era un "buen perro" y no iba a desobedecer nunca a su amo. Tampoco le venía mal tenerlo siempre tras su culo, por lo menos, en algunos aspectos, se lo tenía cubierto.
Estaba cerca, muy cerca de su objetivo, lo olía… hacía tiempo que sabía dónde encontrarlo y… Ramón era parte de su plan para des enmascararlo. Él solito caería en sus manos.