Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 10:28:00

No era momento de bromas y Marcos lo sabía. Estaban encerrados en la bodega de aquel barco de carga y debían ser muy precavidos si no querían ser descubiertos. Ya se lo dijo, el capitán: «No debéis dejar que nadie os vea, me juego mi puesto teniéndoos aquí».
Era ya la tercera vez que Marcos emprendía la misma travesía. En realidad se llamaba Muamar. Y en su primer viaje hacía ya cinco años, el que era su jefe en una obra de construcción le dijo aquel día: «Es muy difícil de pronunciar, te llamaré Marcos» y así se quedó. Además le gustaba el nombre y no quiso cambiárselo de nuevo al ser repatriado a su país de origen, Nigeria.
Tuvieron suerte, pensaba Marcos, al recordar cómo llegó hasta allí. «Estaba desesperado, más de una semana sin poder llevarse un bocado a la boca, bebiendo agua putrefacta de un sumidero que había en una chatarrería cercana y que fue el único lugar dónde les dejaban pasar la noche. (Y más que nada para vigilar que no se llevaran la chatarra del dueño). Ni le pagaban y ni tan siquiera le daban un miserable trozo de pan.
 Comió raíces y hasta gusanos para sobrevivir y bebió de ese sumidero que no era otra cosa que el agua de defecar de la aldea.  No quiso, al volver, regresar con su familia, una mujer y cuatro hijos pequeños. ¿Qué les iba a decir? ¿Si estaban tan muertos de hambre como él…? Al menos, sin él allí, la familia de su mujer la ayudaría en lo que pudieran, con él allí, nadie les daría nada. Era ley de vida. El cabeza de familia tenía que alimentarla.
Nunca supo de dónde salió aquel hombre blanco que se le apareció de la noche a la mañana, ofreciéndole «aquello». Al principio se resistió a aceptar. ¡No, por Alá! ¿Cómo se le podía pedir a un ser humano tal cosa? Pero…era demasiada hambre y mucho tiempo sin ver a sus hijos y a su mujer. Necesitaba comer sí, pero sobre todo, quería volver a sentirse un ser humano y… ¡Aceptó! ¿Qué más podía hacer, sino aceptar?

 Y ahí estaba, con su compañero de viaje, tan negro, esquelético y miserable como él mismo… Orinándose el uno encima del otro, ante la estrechez del habitáculo donde viajaban, muertos de sed, hambre, y casi sin poder respirar del olor de sus propios residuos y excrementos. Escondidos, con la sola esperanza de llegar al «paraíso prometido». Junto con doscientos treinta y dos pasajeros más, tan hambrientos, famélicos, cadavéricos y desilusionados como ellos mismos. Todos fueron expuestos a la misma enfermedad… ¡La peste! En sus ojos una sola esperanza... Una promesa hecha por quien los reclutó.  A sus familiares, mujer, hijos, padres, no les faltaría de nada, pero les exigía un pago: sus vidas. Allá, a donde iban, «Los Estados Unidos de Norte América” ¡Nadie debía quedar con vida! Según les explicaron, este virus se propagaba a través del aire. Una vez pisada la costa, no habría marcha atrás, millones de personas morirían. Y lo extraño de todo es que no sentía emoción alguna. No sabía cuánto más viviría, pero sí sabía que quizás él no, pero su familia sí, tendría un futuro, y eso era lo que le importaba.
                                 ¡Todo sea por Alá!