Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 19:59:00
 
La preocupación de Isaac, era seria, su “amo” le había dado órdenes precisas que no podía desdeñar. Le iba demasiado en juego, y, pese a que sentía “algo muy especial” por la chiquilla, no podía desobedecer las órdenes dadas. Eran muchos años ya obedeciendo a su “amo”, sin rechistar, sin preguntar siquiera el por qué ni para qué le podían servir esas “nuevas adquisiciones” a su “amo”. No le importaba. Desde aquel día fatídico, hacía ya tantos años…. 
En que, llevado por los celos enfermizos y la cólera, decidió acabar con la vida de su esposa, no sin antes acabar también con la de su amante, (ella nunca se lo confirmó, sin embargo para él no había ninguna duda, aquel muchacho era el amante de su mujer).
Se sorprendió muchísimo cuando, al querer suicidarse, llevado por la amargura, dolor y arrepentimiento, no fue capaz de quitarse la vida pese a intentarlo de muy diversas y peligrosas maneras, (hasta se tiró debajo de un tren de alta velocidad), sin que lograra hacerse ni un solo rasguño. Pasaban los días e intento tras intento, su dolor cada vez era más insoportable. Por las noches se le hacía interminable, solo podía ver el bello rostro de su esposa, sus lágrimas y… sus manos entrelazadas pidiendo que no la matara. La veía entre sus brazos cuando, felices hacían el amor para, segundos más tarde, tener su cuello entre sus fuertes dedos, apretando… apretando, hasta notar en su rostro el último atisbo de respiración, su último aliento. 
Y eso… cada maldita noche. Hasta que una noche llegó él, mi “amo”, entonces no le reconocí… también es cierto que no se parecía en nada a lo que había visto en películas, pinturas o leído en libros. No, lo puedo jurar, pensaba para sí, Isaac. No pudo evitar estremecerse al recordar ese instante.
«¿Qué sucede muchacho, a qué tanto interés en matarte, en dejar este mundo, perdiendo la oportunidad de poseer cuanto desees o sueñes? Por tu actitud entiendo que tienes un grave problema, ¿y qué te crees, que la muerte te hará desaparecer el dolor, que tu arrepentimiento hará que tu esposa te perdone, o que aquel joven recupere la vida que le robaste?¡No seas iluso, nada de eso sucederá! A no ser que… te vengas conmigo. Que me sirvas fielmente, yo te recompensaré espléndidamente y además te haré olvidar, bueno, olvidar no, haré que no te importe nada de lo que hiciste en el pasado, tu corazón se volverá como la roca y tu alma… será mía».

No tuvo elección. Su miserable vida no valía nada, sin embargo, ni quitársela podía, no le estaba permitido morir, ni sabía (ni lo iba a preguntar), el por qué de esa “inmortalidad” no deseada.
Y ahora… su “amo” le encomendó otra misión y no era para él como las otras, no, no lo era, sin embargo, no se iba a rebelar, no podía. Solo el hecho de pensar que su “amo” le devolviera sus sentimientos, dolor, desesperación, odio… hacia sí mismo. No, él quería continuar sin sentir, mantener su inmortalidad… olvidando que una vez… fue humano.

Guillermo no dejaba de observar a aquella preciosidad, sus piruetas por los tejados, su cuerpo, cargado de curvas moviéndose tan ágil como una gata sin apenas rozar las sucias y viejas tejas. Saltaba de un tejado a otro sin apenas esfuerzo, hubo incluso un instante en el cual la perdió de vista y, le pareció ver a un gato (o gata), pero pensó que su visión le había jugado una mala pasada y lo desechó de inmediato.
Su interés por la joven no era nuevo, llevaba tiempo observándola, su amistad con el viejo Ramón, (un antiguo convecino suyo), le había despertado cierta curiosidad desde la primera noche en que los viera de casualidad, (al salir él a su pequeño balcón a respirar un poco de aire fresco), y los halló hablando juntos cerca de la casa del viejo Ramón.
La luz próxima de una farola hizo que pudiese contemplar a placer toda la esplendida belleza de la joven misteriosa.
Tan ensimismado estaba Guillermo pensando en la misteriosa Heriotza que no se apercibió de la presencia, a su espalda de la chiquilla.

―Te excito mucho,  voyeur―La sensual voz de Heriotza pilló desprevenido a Guillermo, de tal modo que si no lo agarra la propia joven por la cintura éste se fuese empotrado contra el suelo, diez metros más abajo.
―Tranquilo chico, no te excites que te pierdes―Soltó la joven una carcajada divertida.
Luego recuperó la seriedad y le dijo mirándole fijamente a los ojos.
―Te debo una, lo sé, pero, que sea la última vez que te pille vigilando mis pasos. No es por mí te lo aseguro, pero corre peligro todo aquel que se encuentre a menos de diez metros de mí―. Dijo de manera tajante Heriotza.
―¿Quién dice que te vigilaba, pequeña?, ¿no eres demasiado pretenciosa pensando que todos los hombres tienen que ir tras de ti? ―Logró Guillermo darle visos de realidad a sus palabras.

―No te equivoques chaval, no estoy coqueteando contigo, solo te aviso; no me sigas, de verdad, por tu bien, no lo hagas―. Diciendo esto, como ya nos tenía por costumbre, nuestra heroína, saltó desde la cornisa hacía el tejado vecino, desapareciendo de la vista de Guillermo en un segundo.

Guillermo no intentó seguirla, sabía dónde la podría encontrar si lo deseaba, no era muy diferente a él, los dos “Vivian” para un mismo fin, VENGANZA.
No podía saber de quién o quienes se quería vengar la joven guerrera, sin embargo, sabía a ciencia cierta que tenía que ser una venganza.
Pensó entonces Guillermo que no sería mala idea de hacerle una visita de cortesía a su convecino Ramón, sí, no era mala idea, lo hará en la mañana, después de desayunar.
♯ ♯ ♯
Muy poco sabía Ramón de la “visita” que tendría a la mañana siguiente, cuando salía de la parroquia del Padre Manuel. Iba muy preocupado, el Padre Manuel le había pedido fervientemente que denunciara a Malena, que era mala, estaba poseída por el demonio y que hasta que no estuviera presa no descansarían los buenos ciudadanos del pueblo. ¿Por qué estaba tan enfadado el Padre Manuel con Malena? Ella era buena, había salvado a su hija de morir a manos de aquellos cobardes y salvaba, (era consciente), a muchas chicas más cada noche, estando siempre vigilante. ¿Por qué ese miedo del Padre Manuel?, se preguntaba una y otra vez Ramón de camino a casa.