Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 20:14:00
Tres semanas más tarde…


—¡Papá, papá! —Roberto escuchó los gritos de su pequeño Rubén desde el despacho donde se encontraba ordenando asuntos del bufete y, en lo primero que pensó, al percibir la angustia y urgencia en la voz del niño, en que su hijo se había caído por las escaleras del piso superior y, se maldijo entre dientes, pensando en la de veces que le había pedido por favor que no corriera ni jugara en las escaleras.
 Roberto salió deprisa del despacho y anduvo con rapidez y agilidad hasta el comienzo de las escaleras viendo con sorpresa al mirar hacia abajo, aunque aliviado, que Rubén no se encontraba allí. Por lo menos –pensó- caerse no se ha caído.
—¡Rubén, hijo! ¿Dónde estás? —Gritó mirando hacia el final de las escaleras.
—¡Papá, estoy aquí, en el trastero! ¡Corre ven!
Roberto se giró un instante hacia la puerta del despacho, tenía tanto trabajo atrasado y el jodío niño haciéndole perder el tiempo así…
Meneó la cabeza con resignación mientras pensaba —Menos mal que ya se le acaban las vacaciones y volverá con su madre—.
Se arrepintió enseguida de sus desagradables pensamientos, amaba tanto a su hijo que mataría a quien osara hacerle daño, aunque a veces lograba ponerle contra las cuerdas con sus travesuras y caprichos.
Cuando Roberto entró al trastero se encontró a su pequeño en el centro de la estancia con los ojos muy abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Mira papá, mira cuantas capullos de mariposa y de todos los colores!
Era cierto, según pudo observar maravillado Roberto, todo el techo, paredes y hasta incluso las cajas apiladas con orden por él, estaban llenas de capullos de distintos y maravilloso colores, aunque sobresalía, en cantidad y en grosor, unos capullos de un color rojo oscuro, muy parecido al color de la sangre. Incluso a Roberto le pareció oler a sangre (si es que la sangre tiene olor).
—¡Que alegría papá, ya pronto saldrán las mariposas!
Roberto ya no escuchaba a su pequeño, estaba pensando en cómo iba a eliminar a todos aquellos bichos inmundos, por supuesto no iba a consentir que una vez las larvas se transformaran en mariposas le inundaran la casa de huevos. Solo pensarlo le produjo un terrible dolor de cabeza. ¡Por supuesto que no lo consentiría! —se dijo así mismo rabioso—. Esa misma noche llamaría a su amigo Romero, especialista en plagas, y que le debía varios “favores” (como el  de haberse encargado de “fabricar” pruebas extraconyugales para que le librara y saliese gratis el divorcio de su ninfómana ex esposa), y él se encargaría de los bichos.
Naturalmente le diría que apartara unos cuantos capullos, para no disgustar a su pequeño pero, a los demás, ¡Tlop!… sentenció Roberto haciendo un chasquido con la lengua al mismo tiempo que, con un vistazo decidido, abarcaba toda la habitación con la mirada.
Si Roberto se hubiera parado a observar con detenimiento los capullos rojos, se habría dado cuenta de inmediato (era, un excelente abogado y por consiguiente, era gran observador), de la reacción que estos habían tenido al “leer” su mente y saber que los había sentenciado a muerte. Si lo hubiera hecho habría visto (y escuchado) cómo estos aumentaban anormalmente de tamaño y, un ruido, parecido al roer de un roedor, se adueñaba del habitáculo. Pero no lo hizo.

En ese instante Roberto volvía en sí sacudiendo enérgicamente la cabeza dándose cuenta de la alegría, emoción e ilusión de su pequeño, dándole pena y tristeza lo que pensaba ordenar hacer. Aunque le duró un segundo. Se le fueron enseguida con el asco de verse rodeado de tanto capullo.

Roberto cogió a su hijo en brazos dándole un efusivo y cariñoso abrazo mientras le decía —: Sí hijo, será maravilloso ver las mariposas cuando salgan de sus capullos, pero ahora hay que dejarlas descansar, necesitan oscuridad y silencio para llevar a cabo la metamorfosis y pasar de oruga a crisálida.
—¿Meta… qué? —saltó Rubén.
—Convertirse en mariposa hijo —Sonrió Roberto acariciándole el cabello.

Tan ensimismado estaba al salir del trastero Roberto, abrazando y acariciando a su pequeño, que no pudo observar cómo los capullos rojo-oscuro se agitaban y brillaban en la oscuridad (parecían enfadados). Tampoco se apercibió del ligero rumor de miles de dientes royendo seda con furia desatada.


—¡Vamos, Chat, desenreda la manguera de una vez y vente conmigo! —Chilló con fuerza Romero desde la entrada de la mansión. Éste, un apenas chaval de unos veinte años, pecoso y de ojos vivaces y azules. Se encontraba “peleando” con la manguera de un bidón de unos veinticinco litros y que le ocupaba toda la espalda (era un chico muy delgado, aunque parecía fibroso y fuerte). Por fin pareció dar con el final del enredo y corrió a encontrarse con su jefe. Éste lo miró divertido y le dijo:
—Cualquier día te vas a enredar la manguera en los huevos, cabronazo— soltó una carcajada— ¡anda, anda y entra, so mamón! —le pegó una colleja al chaval. Roberto se había encargado de darle la llave en persona, por la mañana, antes de dejar a su hijo con su madre y antes de encerrarse en su despacho de La Stephen D. Hans & Associates, P.C”, en Court Square Suite, Long Island City. Romero suspiró al entrar, se conocía la mansión al dedillo, no en balde, Roberto, Charles, Duncan o él mismo se habían montado buenos fiestones de “solteros”, sexo, drogas (blandas y duras) y mucho alcohol. Unas juergas que nunca acababan de madrugada... no una sola claro. Naturalmente esas juergas nunca se hicieron estando el pequeño Rubén en la casa, Roberto era muy estricto en eso y su hijo era sagrado, lo amaba demasiado como para que el niño se enterara en qué pasaba o disfrutaba el tiempo cuando no estaba con él. Claro que todos sus amigos y él mismo estaban divorciados y rabiosos contra las mujeres, solo se acostaban con ellas pagando, no querían compromisos ni tener que aguantar a ninguna más, era “un contrato” indisoluble, pactado por ellos cuatro. Lo que no sabía Romero, era que jamás volvería a salir de aquella mansión, no vivo al menos.


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