Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 11:51:00


 


—¡Mira, papá, papá! —Chillaba sin parar su pequeño hijo Rubén.
— ¡Papá! ¡Mira! —el pequeño no parecía querer parar de chillar y de perseguirle e incordiarlo por toda la casa.

Al final, Roberto, no tuvo más opción que parar de fregar. Fregaba el alargado pasillo de su mansión, una mansión al Oeste de Long Island, en el condado de Queens,  y girarse a ver qué le quería enseñar el dichoso niño. 
Al volverse aún pudo ver como Mercé, su ex esposa, cerraba la puerta a sus espaldas después de entrar y dejar al niño. Una sombra de tristeza enturbió un instante su rostro, Mercé y él no hablaban mucho desde el día de la firma del divorcio, pese a que fue un divorcio amistoso y de mutuo acuerdo. Roberto negó varias veces con la cabeza de manera enérgica para espantar tan tristes pensamientos.
Entonces puso los ojos en su pequeño hijo de seis años que venía  con una gran hoja de morera entre sus pequeñas y menudas manos, era enorme. Roberto no llevaba las gafas puestas y tuvo que acercarse mucho para poder ver qué era “aquella cosa” que se movía encima de la hoja. 
Se equivocó, no era “aquella cosa” sino “aquellas cosas” ¡eran cientos de bichejos! ¡Sí! esos que tanto asco le habían dado siempre y que les llaman (o son) gusanos de seda y, ¡ahora los tenía su hijo en sus manos…! ¡Qué horror! —Se estremeció de asco Roberto—. No, sabía que no podía decirle eso al pequeño, era un muchacho muy sensible, dulce y cariñoso y, eso podía dañarlo, no, ya se las apañaría para que se murieran (sin comida apropiada se morían con mucha facilidad) —pensaba satisfecho— y, poco a poco, al ver que se mueren, se le irá quitando la ilusión a su pequeño Rubén.  Todo menos negarle ahora ese “pequeño” capricho.

—Uy, cariño, qué alegría, me recuerda a mi etapa de escolar, cuando tenía tu edad — miró a su hijo con mucha ternura. — Yo también tuve gusanos de seda. ¿Sabías que después se convierten en mariposas? ¿Te lo ha dicho tu profesora Lucía cuando te ha dado la hoja con esos gusanos? —le preguntaba Roberto, intentando dar normalidad a su tono de voz y aguantando el asco que le producía la sola visión de aquellos bichos asquerosos.
—No papá, no ha sido mi profe—decía Rubén con su vocecita infantil—. Ha sido el abuelo Juan, él ha sido quien me los ha regalado mientras mamá bajaba mis cosas del coche y, luego se fue papá…— dijo el pequeño, con un mal disimulado disgusto.
Roberto se estremeció, ¿su padre…? ¡Imposible! Había muerto antes de nacer Rubén, hacía ya siete años. Murió un año antes; justamente uno antes de nacer su Rubén.

Roberto se repuso rápidamente y se tranquilizó, el niño debía de estar confundido, lo único que había visto el niño de su padre eran fotos del álbum familiar y era materialmente imposible que hubiera visto a su padre, así que seguro, y habría confundido a cualquier anciano, abuelo de algún compañero suyo del colegio con el suyo, aunque ¿qué haría un anciano, al parecer con parecido a su padre,  en la puerta de su casa? —Se preguntaba extrañado Roberto— Que él supiera ningún compañero del niño tenía parientes en esa urbanización elitista y alejada de la población…

Ven cariño, vamos a buscarle alojo a estos “simpáticos animalitos”—. Agarró del brazo a su pequeño hijo y tiró de él despacio, para no derribarle la hoja que llevaba con tanto celo e ilusión en sus dos manitas con los “bichos”, y le hizo un gesto para que lo siguiera.
Anduvieron unos metros por el largo y bien iluminado pasillo hasta llegar a una puerta donde se podía leer en letras mayúsculas “TRASTERO”, tras la cual y bajando trece escalones, los dejó en un sótano en el que se veían alineadas y escrupulosamente ordenadas, un montón de cajas, todas de distintos tamaños y medidas, con grandes notas en sus costados donde se podía leer perfectamente qué se guardaba en ellas. Al parecer, Roberto, no solo era un maniático de la limpieza sino también un maniático del orden.
El niño lo miraba todo con curiosidad, habían cajas de todos los tamaños y colores y se sentía extasiado e exultante, su papá le había advertido varias veces que allí solo bajaban las “personas mayores” ¿querría decir esto que él ya era mayor? —se decía para sí el pequeño, ilusionado.   Un carraspeo lo despertó violentamente de su sueño. Era Roberto.
—Cariño, mira, en esta caja vacía y con tapa estarán tus bichos… ejem, —carraspeó Roberto, molesto por su torpeza. — Quiero decir… que tus gusanos de seda estarán maravillosamente bien aquí dentro. Ven, pon la hoja en su interior—Le mostró el interior vacío y señaló que dejara la hoja dentro con sus “habitantes”. Cosa que el niño hizo muy satisfecho, le dolían las manitas de tanto llevarlas alzadas y abiertas.
Un solo vistazo al interior de la caja hizo a Roberto darse cuenta que, efectivamente, a los “bichos” les hacía falta comida urgente, según observó, no sin extrañeza, se estaban devorando los unos a los otros… pero no le dijo nada al niño y tapó la caja, no sin antes abrirle a la tapa diversos y múltiples agujeros con un lápiz para que pudieran respirar.

—Y ahora vamos afuera que hay que buscarles comida, necesitamos encontrar árboles de moreras, pues es lo único que yo sé que comen estos…  gusanos de seda—se cortó Roberto, tragando con dificultad saliva. Antes de llamarlos bichos de nuevo.
—A pocos metros de aquí hay unos cuantos árboles y no son muy altos, no nos dará mucho problema a la hora de coger unas cuantas hojas. (Árboles que él mismo se encargó de plantar cuando se trasladaron desde España, al ser trasladado por la compañía en la que trabajaba, un bufete muy prestigioso de abogados, “La Stephen D. Hans & Associates, P.C”).
  —Le dijo Roberto al pequeño al mismo tiempo que arrancaba a andar subiendo ya las escaleras. Rubén lo siguió, no muy convencido, por tener que dejar en aquel lugar tan húmedo, frío y oscuro a sus nuevas mascotas.

 CONTINUARÁ...