Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 10:34:00

Poco podía imaginar yo, que al regreso a mi ciudad de origen, Boston, en la pequeña aldea rural, City of God, una aldea que dejé el 22 de febrero, corría el  año 1933, con apenas quince años, harto de recibir palizas de mis padres adoptivos, Huber Marsten y Mistres Marsten. —una descarga eléctrica no me habría estremecido tanto como me estremeció el recordar sus nombres—. Me trajeron recuerdos desgarradores y dolorosos, recuerdos que jamás había olvidado… pese a que habían pasado más de treinta años.
De sus gentes, -de las que apenas guardaba unos pocos recuerdos- (y no muy buenos). Recordaba a mi buen amigo Tom, un muchachote fuerte y robusto, y muy orgulloso, siempre dispuesto a ayudarme en todo, incluso escondiéndome, (cuando el temor a las palizas de mis padres así lo exigían). Pese y a todo a que él también se llevó alguna, por defenderme y esconderme de aquellas malas bestias que eran mis padres. También acudía a mi mente un vago recuerdo de la dulce y pequeña Betty, una niña linda y debilucha, inocente y triste, -creía recordar que vivía con su abuela-, pero poca cosa más recordaba de ella… Oh, sí, es cierto, (me vino un rayo de luz), también era su compañera de juegos junto a su inseparable amigo Tom…
De lo demás solo recordaba que la aldea, -que por aquel entonces era de apenas unas cientos de personas-, eran gente huraña y poco dada a tener confianza con extraños. Y viendo lo visto hasta ahora, no parecían haber cambiado mucho. Poco me podía imaginar que en eso, tenía toda la razón, pero aún me iba a sorprender mucho más lo que me  encontré…

Lo primero que observé al aparcar mi Ford Falcon sedán, dos puertas, del año 1963, nuevo y reluciente, fueron los viejos negocios, dos exactamente, ¡los mismos de entonces! El de Mistres  Collingwood , una tienda de telas y alimentación donde mi “madre” compraba los materiales para hacerme la horrible comida que comíamos y hacerme las vestiduras que llevaba, pocas, pues siempre llevaba puestas las mismas, ni me acuerdo cuándo las lavaba (o si las lavó alguna vez). Y, la taberna de Wadlow, un irlandés gruñón y huraño, poco dado a hacer amigos y duro peleón. Yo lo conocía por la mala costumbre de mi “padre” de intentar hacerme tan borracho como lo era él, claro que, nunca lo consiguió, siempre me las arreglaba para derramar, en una vieja y hedionda escupidera, pegada a la barra, todo el ron que me servía el gruñón de Wadlow. Siempre creí que mi “padre” lo sabía y se hacía el distraído, tal vez pensando eso de; “ya caerá”.

— Hola joven— La voz me sobresaltó, era de Mistres Collingwood. Pero no me sobresaltó el hecho de escucharla no, lo que me sobresaltó y… asustó, fue que… ¡estaba igual que cuando me marché huyendo de allí! No había cambiado en nada, incluso creí recordar, al verla, que vestía el mismo vestido que cuando me fui.
—¿Qué le ocurre joven, se ha perdido? Si es así yo puedo ayudarle, conozco este pueblo de toda la vida, aunque como ve no hay mucho que ver, ¿busca a alguien en particular? —proseguía hablando con su voz hueca Mistres Collingwood.
—¡Eh, Mistres Collingwood, métase en sus cosas y deje al joven en paz, cotilla de los demonios! — Gritaba desde el otro lado de la calzada el gruñón de Wadlow.
Al volverme y verlo, mi asombro ya no tuvo límites ¡Estaba igual que lo dejé! ¡Con la misma ropa y barba cana de siempre!
Me giré entonces sobre mí mismo y observé el pueblo, y, horrorizado, me di entonces cuenta que -allí nada había cambiado, todo estaba exactamente igual que cuando me fui-  solo mi reluciente Ford Falcon y mi persona parecían nuevo allí. 
Pálido y atemorizado corrí desesperado en dirección al camposanto sin mirar hacia atrás, una horrible visión me hacía sospechar lo peor y me atormentaba todo el tiempo una horrible idea...  -tenía que confirmar, pese al miedo, mi terrible sospecha-.
No era posible, me repetía fatigado y jadeante por el esfuerzo de la carrera, una y otra vez… mientras corría y corría. Mis sentidos me guiaban a oscuras sin siquiera tener que mirar, dando saltos como un loco hacia el único lugar, en el que, deseaba con toda el alma que "ese algo" sí hubiera cambiado… el cementerio.
 Tenía que ser así, -pensaba, con horrible pavor- por dios que eso sí haya cambiado… Llegué a él ya anochecido y, respiré aliviado, allí estaba efectivamente, su lápida, la tumba de Huber Marsten, “mi padre” el hombre al que yo maté, llevado por la rabia y la ira, hacía ya más de treinta años. (Cómo él hizo matando a Tom y la pequeña y escuálida Betty, quitándomelo todo).

—Hola hijo, ¿regresaste para darme tu último abrazo?



A mis gritos de auxilio, a mis alaridos desgarradores y ausentes de lucidez...

Nadie me respondió. El viento gemía entre los árboles, haciéndole emitir chasquidos y chillidos misteriosos. A la sombra oscilante de los olmos que se alzaban del otro lado del muro, mis ojos enloquecidos, podían ver la lápida abierta de Hubert Marstenmi padre, justo el ser que estaba a mi lado, sonriéndome de la misma forma cruel e irónica que entonces. Solo que esta vez... era él quien sostenía el hacha de cortar la leña, alzada sobre mi cabeza…