Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 20:45:00


Los tres compañeros sintieron un escalofrío y se persignaron a la vez. Si era amigo del jefe... malo, les iba a tocar trabajar doble o triple turno, a no ser que fuese... un suicidio. Rezaron los tres entre dientes sin darse cuenta porque así fuera.
Pues no, no tuvieron suerte, había sido un asesinato, según Gabriel, el forense, amigo del jefe, había sido agarrado por el cuello y lanzado al vacío sin contemplaciones.
Y allí estaban los tres, en Costa Rica, pues, según su jefe, Ruby, la novia del muerto, que no era tal novia sino la amante, y que además había huido sin que se supiera hacia dónde, (aunque como Costarricense que era, se temía que hubiera recalado en su país de origen donde, al parecer, tenía una abuela, madre de su padre, al que no conoció ya que murió al poco de nacer ella). Pues bien, al parecer, también tenía un novio, un tal Diego López, apodado “el payaso” (porque según algunos, gustaba de vestirse de payaso y se reía mucho), y se temía el jefe que hubiera sido el tal Mata quien matara a Lorenzo en venganza por haberse acostado con su chica y como Lorenzo Vidal fue amigo del jefe... pues eso, que allí estaban los tres dispuestos a encontrar y a arrestar (como fuera) al susodicho Diego López.
Lo que no sabían ninguno de los tres es que no eran ellos solos los que buscaban a Diego en Costa Rica, había “alguien” que desde que salieron de España no los había perdido de vista, es más, escuchaba todo lo que hablaban, (hasta se enteraba si alguno de ellos tenía problemas de ventosidades) los oía con tanta facilidad que parecía estar en medio de la conversación. Por esa razón cuando el inspector Bruguera decidió que donde debían ir a investigar primero fuese al último lugar donde se le vio por última vez, Playa Bonita. Empero, antes debían de aposentarse en el hotel y para ello se habían alquilado un vehículo, (su jefe lo hizo desde España), y que ya estaba esperándoles en el aparcamiento del aeropuerto internacional Daniel Oduber,  con chófer, y que los llevaría hasta Jaco,  cerca de San José, a una hora aproximadamente del aeropuerto, una vez allí tenían plaza reservada en el hotel Coco, en las playas de Guanacaste. Una vez allí se dieron cuenta que su jefe no era precisamente “espléndido” gastando. Vamos que no eran precisamente las playas de Manuel Antonio, Malpaís, Tamarindo, o Flamingo ni el hotel Coco era “un superlujo.”
Al día siguiente se alquilaron un coche sin conductor, se compraron un mapa de carreteras y salieron echando leches. Tuvieron que pasar de nuevo por el aeropuerto internacional Daniel Oduber y desde allí conducir hasta playa bonita, no les llevó más de hora y media, contando el trayecto desde el hotel Coco. El agente Andrés Balaguer y la agente Rocío Bartomeu, el uno conducía y la otra iba sentada en el asiento del copiloto, no paraban de discutir y quejarse, aunque al inspector Bruguera eso le importaba poco, iba repantigado en los asientos de atrás, cómodamente y perdido en sus propios pensamientos. No fue sino cuando Andrés paró el coche, una vez y llegaron a playa bonita, que rompió la eterna pelea entre Andrés y Rocío (que seguían y seguían erre que erre con lo mismo, que si Andrés era un machista, que si ella era una macho perico que si...).
— ¡Callaos ya, cojones, que parecéis niños de guardería! — el grito del inspector los pilló desprevenidos y se quedaron los dos mudos de golpe —. ¡Sacad todos los trastos que vamos a echar un vistazo! — Les ordenó sin dar pie a que le rechistaran. No se lo pensaron, sacaron las toallas, una pequeña nevera, sombrilla y una barca deshinchada para cuatro personas, que ya hincharían si fuese necesario, después se fueron hacia uno de los lugares menos concurridos de la playa que, tampoco era que estuviera muy concurrida que digamos, apenas se veían cuatro o cinco parejitas y algún que otro despistado, dispersos por toda la arena, una arena fina y blanca y un agua clara, tranquila, serena y transparente. Tan cabreado estaba Andrés que no tuvo cuidado y tropezó, teniendo los pies descalzos, en una piedra que apenas sobresalía un centímetro oculta en la arena. El berrido que pegó fue de los que hacen época pero, mejores fueron los saltos que daba a la pata coja y agarrándose el pie herido.
Rocío se partía de risa sin poderlo remediar, con lo cual el pobre Andrés no sabía ya si le dolía más el pie o el orgullo herido.
Una vez los tres acomodados en sus respectivas toallas — el inspector Bruguera bajo la sombrilla, no fuera y sufriera una insolación — farfullaba por lo bajini el agente Andrés. Comenzaron a planificar lo que harían y cómo lo harían para encontrar al supuesto asesino de Lorenzo Vidal “el gran pollón”, Diego López. Estaban justamente hablando de esto cuando al inspector le sonó el móvil.
— Dígame capitán, le escuchamos — contestó mientras ponía el manos libres.
— Déjate de coñas, solo llamé para para saludaros y desearos unas felices vacaciones — y colgó.
Un segundo más tarde, aún perplejos los tres, sonó de nuevo el móvil, pero esta vez era un mensaje. Benito Bruguera leyó el mensaje entre dientes decía así:  
«Querido Piolín, supongo que a estas alturas no te vendrá de sorpresa estos juegos que tanto me gustan y tanta emoción le dan a nuestra historia de amor.
       Cariño, cuando leas esta carta, hazme saber, mediante el sistema que inventamos tu y yo,  que has llegado a mi país, Costa Rica.
       Sabes que me tuve que marchar inesperadamente si quería seguir con vida. Siento mucho cómo me fui, pero no podía arriesgar mi vida ni la tuya por culpa de ese hijo de puta que va detrás de mí, desde que averigüé que él fue quién asesinó a Lorenzo Vidal. Bien, al final de la carta te dejaré una dirección. Tendrás que ir el viernes, solo, y tiene que se exclusivamente el viernes. (cuando estemos frente a frente te lo explicaré). Si tienes que llegar otro día distinto del viernes, espera en cualquier hostal o motel de carretera hasta que llegue ese día. Deberás ir vestido de payaso (No creo que suponga un problema para ti, ja, ja, ja) y solo dile a la recepcionista las iniciales de mi nombre y apellido: M.R».

Efectivamente, al final de la misiva había una dirección y un nombre “Hotel La Amapola.”