Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 20:14:00

Doce horas más tarde Roberto se cruzaría con Chat en la autopista interestatal 278 a la altura de Queens Boulevard, totalmente ausente y con la mirada dispersa y perdida. Sus ropas estaba hechas un guiñapo y, pese a mostrar un estado de agotamiento extremo y diversas manchas de sangre por la escasa vestimenta que aún lucia, no parecía estar herido de gravedad, posiblemente tuviera algunos rasguños o golpes de escasa importancia —Según y pudo comprobar Roberto una vez y consiguió hacerlo subir al  auto—. 
Lo que no logró fue sacarle ni una palabra, parecía estar en un estado de shock, eso era indudable —pensaba— al mirar la expresión ausente de sus ojos y su estado catatónico y lamentable.
Roberto arrancó el coche y mediante el sistema “sin manos” de su móvil llamó mediante una orden de voz; — Romero —, tras unos segundos de espera sonó la voz de su amigo a través del sistema de megafonía del auto.
—“Si lo que quieres es cobrar, llámame los años bisiestos y quizás tengas hasta suerte de encontrarme… si eres uno de mis pocos amigos, déjame el mensaje y en cuanto acabe lo que tengo entre manos te llamaré”.
—¡Romero, contesta coño! —se exasperó Roberto apretando fuertemente el volante con las dos manos. Minutos más tarde paraba ante urgencias del New York Hospital Queens, en 56-45 Main Street Flushing, esquina de Booth Memorial Ave. y la calle principal en Flushing, Queens. 
No tardaron ni diez segundos en acudir dos presurosos enfermeros de bata azul llevándose a Chat apresuradamente mientras daban instrucciones a Roberto de los trámites que debía de hacer, lo cual Roberto se apresuró a hacer sin pérdida de tiempo viendo como entraban al catatónico Chat en una camilla sin que hiciera nada por evitarlo, éste con los ojos completamente abiertos, ido y ausente.
 
A unas cuantas millas de allí, en su grandiosa mansión, “algo” extraño y malvado se movía a placer en las entrañas del pobre Romero, claro que para entonces a él ya nada le dolía ni molestaba. Estaba muerto. Y solo Chat podría decir cómo o de qué murió. «Si es que llegaba a curarse alguna vez de aquel espanto visto o vivido allí».
Roberto no pudo decirles mucho a los médicos, salvo hablarles del lamentable estado en que se lo encontró así que a los pocos minutos lo dejaron en paz y decidió ir a su casa para ver si Romero por lo menos había acabado de hacer “la limpieza” que acordaron en la mañana. Odiaba aquellos bichos desde que de niño le obligaron sus profesores a pasar con ellos largas noches de miedo e insomnio. Le era imposible dormir escuchando cómo se pasaban la noche rumiando y comiendo aquellas hojas de morera que con tanta pereza y desgana les daba de comer. Aún recordaba con escalofríos y, hasta tenía pesadillas, soñando que esas feas y gordas crisálidas depositarían en su pequeño cuerpo sus miles de huevos y… se estremecía de pavor pensando que se lo iban a comer pero, desde dentro… Una voz que no sabía bien de donde venía, pues viajaba solo en el auto, interrumpió su pensamiento, Roberto pensó en un principio que por un movimiento involuntario habría hecho una rellamada pues la voz que oía era, un poco distorsionada, la de su amigo Romero.
«¡No sigas, Rob, huye, corre y no mires atrás, ya es tarde, abrimos la puerta al demonio y su maldición nos ha alcanzado!».
Roberto alcanzó a darle “al manos libres”, lo escuchaba muy lejano —pensó—, pero la cosa no mejoraba, la voz se diluía por momentos como si hubiera interferencias… «Escúchame por Dios… —se perdía la voz—… tengo poco tiempo, mi mente es lo único que aún funciona y ni sé cómo he podido conectar contigo… ¡comed malditas, comed a ver si reventáis al comeros mi maldito hígado enfermo! —Este fue un grito de rabia y desesperación—.  Roberto no entendía nada, su móvil… ¡estaba apagado! ¿Cómo podía ser? Era la voz de su amigo sin duda alguna pero… ¿dónde estaba, dónde?
Como si su amigo hubiera leído su pensamiento escuchó en su cerebro: —«Estoy en tu mente mi querido amigo, no, no me preguntes cómo lo he conseguido… solo escucha, tengo poco tiempo… estos malditos bichos pronto llegarán hasta aquí…».
La voz de Romero sonaba lejana (al menos esa era la sensación que tenía Roberto al intentar descifrarla).
…«Escucha amigo… procúrate unos bidones de gasolina… y quema… ¡quema entera tu casa!... ¡por Dios… hazme caso!... no sé… no sé si llegarás a tiempo de evitar que el mal se expanda pero al menos… inténtalo, solo tú puedes evitar este infierno… ahahhhhhh… ¡ya están aquí, me comen, me comen! ¡hazlo, mátalas a todas!...».

 Después de las últimas palabras de Romero, el silencio se adueñó de la mente de Roberto, nada, ni un solo pensamiento, él mismo se negaba a pensar… era demasiado para él.