Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 20:06:00

Se levantó de la cama apenas pudo vislumbrar un rayo de luz por la pequeña ventana de su habitación, un pequeño cuartito dentro de aquella vieja y apestosa construcción. Miró a su alrededor y suspiró con alivio al percatarse que esta vez, no había nadie tras la puerta vigilándole. Seguramente, al ser ya varios meses de sumisión de su parte, ha logrado un poco de "Libertad" por parte de los administradores del lugar.

Buscó debajo de la cama un tenis, al fondo de la habitación estaba el otro. ¡Qué bueno que había decidido dormir con las ropas puestas! Así, no tendría que padecer por soportar el frío de la mañana al cambiarse. Se sentó sobre la cama y se ajustó las agujetas de los zapatos, al tiempo que vigila la entrada con furtivas miradas a la espera de reaccionar si alguien entrara y le frustrara los planes.

Se levantó de su asiento, una vez se hubo asegurado de haberse amarrado bien las agujetas y caminó con sigilo hacia la puerta. La abrió lo más lento posible y asomó el rostro por la pequeña abertura esperando que nadie hubiera escuchado el pequeño chirrido que hizo la puerta al abrirla.

Silencio

Suspiró en señal de alivio y salió al silencioso pasillo, el cual atravesó con calma, despacio, casi de puntas, en un desesperado intento por no llamar la atención. Detrás de una de las puertas se podía escuchar como uno de los "encargados" del personal roncaba sonoramente y se retorcía sobre la cama, en busca de una posición más cómoda.

Al fondo del pasillo, detrás de aquella puerta de madera con doble cerrojo, un incómodo sollozo podía escucharse. "pobre chica" pensó al llegar a las escaleras, le hubiera gustado poder ayudarla, pero necesitaba salir, pedir ayuda, de nada le serviría intervenir. Había ganado ciertos favoritismos por su silenciosa y sumisa conducta, intervenir significaría perder el lugar que en meses y con mucha dificultad había ganado y terminarían ambos como dos animales azotados hasta casi morir.

Negó con la cabeza, reprimiendo el deseo de ir a abrir esa puerta y mejor bajó las escaleras, peldaño tras peldaño, con una lentitud y cuidados exagerados. ¡Un milagro que no haya nadie a la vista! Bajó el último escalón y  atravesó el sucio comedor. Entre la  vajilla, cubiertos sucios y moscas volando sobre la comida rancia, el pequeño y sucio cuchillo de la mantequilla llamó su atención. Lo tomó despacio, y se lo guardó dentro de la delgada chamarrita de lana y salió de ahí. Fue entonces que pudo verla, la salida, que anhelante, admiraba como un sediento a un vaso de agua y se dirigió a toda prisa a abrirla.

 
El aire invernal le arañó las rosadas mejillas al instante y le llenó el pecho dolorosamente al aspirar el frío aire hondo apenas la abrió. Aire de libertad, aire puro de ciudad, sin drogas ni tabaco, sin olor a sangre y ni llanto. Sin olor a rancio sudor y gemidos de dolor.

Sonrió sintiéndose feliz de poder ver la luz del día de nuevo y ya le sabía deliciosa la libertad.

-¡Eh! ¡Roberto!  ¿Dónde estás?

Gritó una voz en el interior de la casa. Sintió un vuelco en el estómago y una oleada de miedo le erizó la piel. Si ese cabrón ya estaba despierto, seguramente el resto igual y cualquier posibilidad de escape sería imposible.
 
-¡Ey! ¿Pero a dónde vas?

Una voz masculina le habló detrás y sintió como el estómago se le revolvía al reconocerla. Un hombre rapado de unos 1.80 mts de estatura, le hablaba con una sonrisa sádica en el rostro, cargaba un pesado bate de madera el cual tenía recargado sobre su hombro. Vestía una gruesa chaqueta de mezclilla deslavada y unos vaqueros del mismo material pero en color negro.

Con un doloroso nudo en la garganta, intentó responder a su pregunta, pero ¿Qué debía decir que no provocara la ira de uno de sus celadores y no le matara a golpes con semejante garrote?

-¡Vete al diablo!

Gritó sin pensar y pegó carrera fuera del edificio de ladrillos hacia la gran avenida sin siquiera mirar a atrás. El hombre soltó una maldición al ver a su presa correr.

-¡Roberto! ¡Esa maldita rata escapó!

Gritó el hombre al caer en cuenta de lo que sucedía.

Corrió como alma que lleva el diablo. Miraba de vez en vez detrás suyo, sonriendo con alivio al darse cuenta que nadie le perseguía. La garganta le dolía, el pecho le dolía, el rostro le dolía, las piernas, el estómago, la cabeza, era una masa humana de dolor, pero debía correr, tenía que alejarse.

¿Cuánto tiempo había pasado ya en esa casa de citas? ¿Cuántos años? Le habían apartado de su familia desde muy temprana edad, ya casi no podía recordar el rostro de su madre.

-¡Maldita rata inmunda!

Gritó un hombre al atravesarse en su camino, provocando que casi cayera de nalgas contra el suelo al derrapar en un intento por detenerse. El terror se dibujó en su rostro al percatarse que era Roberto, un hombre sin escrúpulos ni sentimientos, jamás se había caracterizado por ser precisamente amable con sus "empleados" en esa casa de citas, incluso aún conserva las cicatrices de aquella tremenda paliza que recibió apenas llegó a aquel lugar tras llevarle la contraria un par de veces, supo entonces que el infierno existe y estaba sobre la tierra.

Desvió el camino hacia el bosque al otro lado de la acera, debía alejarse cuanto antes. Atravesó la avenida, sorteando los autos que circulaban a alta velocidad dejando a Roberto atrás, lanzando improperios. ¿Dónde estaba el otro? Debía tener cuidado de no chocar con él, sabía que si Roberto ya le había encontrado, seguramente Zet no tardaría en ubicarle también, y si aun llevaba ese bate, su buena suerte se habría acabado.

Sentía ya los músculos de las piernas arder y una fuerte opresión en el pecho por la carrera. "Un poco más, sólo un poco más" Pensaba para sus adentros. "Sólo un poco más y"

Un fuerte golpe en el estómago le hizo caer sin remedio al lodoso suelo. No podía respirar y el frío aire invernal de la mañana no le ayudaba en nada.

-Vaya ¿Así que creíste que te podías escapar así nada más? ¡Maldita rata apestosa!
 
Zet le dio una fuerte patada en el costado sacándole de golpe el poco aire que había podido recuperar. Sintió como le tomó fuertemente de los cabellos obligándole a levantarse del lodo. Abrió los ojos, mirando fijamente a la bestia que le sonreía con sadismo. Tenía que hacer algo o moriría ahí mismo.

-¡Suéltame!

Exigió con voz chillona, tan sólo para recibir burlas de su captor. Detrás de él, a unos cuantos metros, el agitado rostro de Roberto le miraba con rabia y unas ganas de asesinar que le helaron la piel. Tenía que hacer algo rápido. Sin premura, buscó entre las bolsitas de la chamarrita y reuniendo las pocas fuerzas que contenía aun en su pequeño y maltrecho cuerpo, enterró el sucio cuchillo de la mantequilla en la garganta de Zet logrando que este le dejara caer de nuevo al suelo en un intento por retirar el cuchillo y contener la sangre que salía de la yugular bañándolos a ambos en sangre.

Intentó levantarse a toda prisa, pero una fuerte patada en el rostro le dejó en un estado de semiinconsciencia.

-Estúpida basura

Le susurra Roberto con rabia al tiempo que le levanta del suelo jalándole de los cabellos y termina azotándole de frente contra el tronco de un enorme roble. Se golpeó el rostro contra el tronco a causa del fuerte empuje y se sostuvo de este en un intento por no caer.

-Te enseñaré… a respetarme maldita rata

 
Susurraba con rabia mientras se desabrochaba los pantalones y los dejaba caer hasta las rodillas. Ya estaba sucedería de nuevo Desde que había llegado a esa casa de citas había sido siempre así… después de haber perdido la virginidad en aquel apestoso lugar, con aquel asqueroso hombre, Roberto se había encargado muy bien de recordarle que jamás tendría una vida sexual normal "Hay hombres que gustan de muchachos bonitos como tu" Le susurró Roberto al oído mientras se acercaba, bajándole los pantalones de un tirón, paseando el duro miembro sobre los marcados glúteos del muchacho.

Cerró los ojos con resignación.

Sólo esperaba que terminara rápido

-Maldita inmundicia



El muchacho abrió los ojos al escuchar aquella voz femenina desde lo alto de un viejo roble que se encontraba a escasos metros de él, tan sólo para ver, como Roberto caía a sus pies con el rostro contra el lodo gracias a una fina daga que se había enterrado   directamente en la garganta, justo en el mismo lugar, donde había enterrado su propio cuchillo en la garganta de Zet.

Pudo ver entre la niebla, la elegante y estilizada figura de una joven de unos veinte años de edad, con ropas diminutas que se burlaban en su cara por su poca tolerancia al frío pese a estar más cubierto que ella.

 
Desvió la mirada al suelo, donde Roberto se agitaba en un desesperado intento por recuperar el aire, pero la bella joven de ojos violeta, sin asco, ni emoción alguna marcada en su rostro, solo desinterés, coloca el pie derecho sobre la cabeza de la asquerosa bestia, ahogándola en su sangre y lodo hasta que este no se movió más.


Capítulo escrito por mi socia Isabel A. Hernandez.