Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 21:26:00

Ya estaba frente a su casa, podía ver el furgón de Romero aparcado en la entrada de la mansión, la puerta trasera del furgón se mantenía abierta. 
Roberto detuvo su auto justo en la entrada y, antes de atravesar el portón de entrada se quedó observando durante unos segundos los terrenos adyacentes frente a la mansión, no las tenía todas consigo y quería ser precavido, su amigo Romero había sido claro al respecto; lo que sea que fuera que hubiera en la casa «era peligroso». 
No pudo ver ni observar nada extraño, nada que no conociera ya así que piso levemente el acelerador y poniéndose a la altura del vehículo de su amigo, estacionó junto al furgón. Estaba nervioso, no sabía qué se podía encontrar, las palabras en su cabeza se agolpaban y repetían hasta la saciedad; «¡Quema la casa! ¡Quema la casa!». Escuchaba en su mente las palabras de su amigo repetidas sin cesar. En algunos instantes todo le parecía una broma de mal gusto… ¿cómo él iba a quemar SU PROPIA CASA? Pero por otro lado no se imaginaba a su amigo haciéndole una broma tan pesada y de tan mal gusto (y cara). Roberto no se lo pensó más y decidió que tenía que entrar, quería saber qué había sucedido durante su ausencia y cuál había sido el motivo por el cual el ayudante de su amigo Romero estaba en ese estado catatónico. Por si acaso, al salir del coche y antes de dirigirse a la entrada, abrió el maletero de su auto y sacó dos bidones de veinte litros cada uno de gasolina. 
Se había detenido un par de minutos en una gasolinera de la autopista próxima a la salida y cercana a la casa y se había provisto de ella, pensando preocupado en las palabras angustiosas de su amigo. Con los dos bidones en las manos se dirigió sin dudar a la puerta de entrada (que continuaba abierta) y entró decidido. En la casa todo era silencio, cosa que no extrañó a Roberto pues no tenía sirvientes y la casa estaba prácticamente vacía todo el día, hasta que él llegaba a la casa o le daba por invitar a sus fiestas privadas a sus amigos.
―¡Romero! ―Llamó con fuerza y a pleno pulmón, devolviéndole el eco su voz por toda la casa. ―¡Romero coño déjate de bromas y sal ya, me estoy cabreando! ―Gruñó Roberto sin creerse ni él mismo lo que decía. Afuera oscurecía y Roberto dio la luz mientras caminaba por el largo pasillo hacía la parte baja de la casa. Sabía que si Romero estaba en la casa debía de estar en el sótano. 
Al llegar a la escalera dejó los dos bidones en el suelo y comenzó a bajar despacio, no sin antes encender las luces y dudar durante una fracción de segundo de si estaba haciendo lo correcto, algo en su interior le avisaba de que no lo estaba haciendo, sin embargo no hizo caso y siguió bajando. No fue sino al querer abrir la puerta que, al agarrar el pomo sintió un sonido que hizo que se estremeciera de arriba abajo, fue como el eco de miles de avispas cuando atacan su avispero. El ruido era ensordecedor y no entendía que no lo hubiera escuchado antes, suponía que fue la concentración o tensión a la que estaba sometido por el miedo. No tuvo valor de abrir la puerta pero lo que sí hizo fue dar media vuelta y subir de tres en tres los escalones. Al llegar arriba ya no se lo pensó dos veces, tiró uno de los bidones abajo, que calló dando botes hasta dar con fuerza contra la puerta que resistió el embiste sin inmutarse y seguidamente abriendo el otro fue derramando por todo el pasillo hasta la puerta de entrada de la mansión todo el contenido del otro bidón. Una vez satisfecho sacó de su coche un periódico, lo enrolló como una antorcha, sacó su Zippo, respiró hondamente y  encendiendo su mechero prendió por una punta el papel tirándolo seguidamente al piso mojado de gasolina. La reacción de la llama contra el piso fue instantánea recorriendo el pasillo entero en pocos segundos. Roberto no se quedó para ver qué sucedía y corrió rápidamente a su auto echando marcha atrás a una velocidad de vértigo, chocando con una pequeña fuente donde un enano parecía orinar alegremente y sonriente. No espero a ver los daños, enderezó el coche y salió espantado de la mansión mientras escuchaba una horrorosa explosión que lo dejaba por un instante sordo y atontado.
Nunca lo sabría, pero atrás dejaba a una horrorosa plaga de mariposas asesinas, tostándose vivas, gracias a su amigo muerto pues, fue gracias a él, que pudo, antes de perecer comido vivo, cerrar la puerta y dejarla atrancada con tres o cuatro cajas de las más pesadas evitando así que se apoderaran de la mansión y quién sabe si también del mundo entero.
Tampoco sabría ya el mundo de la existencia de una extraña y muy peligrosa plaga de mariposas asesinas, traídas, a saber de dónde, y por un “abuelo” que, para más misterio, llevaba muchos años muerto, y que fueron entregadas como regalo a un nieto suyo por no se sabía qué extraña razón.

A muchos kilómetros de allí.
―Abuelo, ¿Cuándo me llevarás a ver al papa? Tengo ganas de ver a mis gusanos de seda…
―Hijo ¿con quién hablas? ―Preguntaba Mercé desde la cocina.

―Pronto hijo, muy pronto―Contestaba el anciano mientras sonreía misteriosamente.