Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 19:27:00


Satu, el trastatarabuelo


Nada más cruzar la puerta, esta se cerró detrás de Aldora y de mí tal y como se había abierto, con gran turbulencia y estrépito. Una densa bruma, como si nos encontráramos en el interior de una nube, se mostraba ante nosotras, lo que nos impedía cualquier visión que pudiera acontecer al otro lado de esta. Por un instante dudé de lo que había hecho… ¿qué pensarían mi tatarabuelo, Rodas o el profesor Alisteir de mi desaparición? Me tranquilizó el saber que Dhophen estaba al tanto y se encargaría de ponerlos a todos en sobre aviso. Un leve temblor en el lomo de mi amiga Aldora hizo que me despertara de mi ensimismamiento. La bruma había desaparecido y en su lugar había aparecido el paraíso. Mis ojos se abrieron como lunas de admiración. ¡Jamás había visto algo tan hermoso!
—¡En mis doscientos diecisiete años de vida…! —Oh, se me escapó un gritito, y notaba cómo me ardía la cara. La coquetería femenina, supuse. Acababa de darme cuenta que había dicho mi edad en voz alta y ya Aldora se reía por lo bajo. A ella esas cosas de la edad o el sexo no le afectaban para nada y yo, desde que me había enamorado de Dhophen, me sentía (o me había vuelto) muy cursi. Me bajé del lomo de mi querida Aldora, quería pasear por aquel vergel, conocer a fondo aquella belleza, respirar la paz que ya se apercibía desde aquel inmenso mirador donde nos encontrábamos. Aldora me seguía en silencio, ella también se encontraba embobada y a la vez cohibida de tanta paz y de tanta belleza. La tranquilidad y el paseo nos duraron muy poco, en apenas unos metros que habíamos andado se nos apareció un venerable anciano, con sus cabellos lacios y blancos, le llegaban prácticamente al suelo. También era verdad que no era muy alto, apenas cinco pies de altura (1’52 centímetros). Vestía una larga túnica morada y calzaba unas sandalias abiertas y con cierre en forma de cruz. Sus ojos eran grises y opacos, aquel anciano era… ciego.
―Clowry Zimmerway ―pronunció mi nombre en apenas un susurro―, mi pequeña maga, ven, acércate ―movía su mano hacia él mientras esbozaba una bondadosa sonrisa. Me acerqué, y lo hice sin dudar, aquel noble anciano me inspiraba confianza. También lo hizo Aldora, que no quería dejarme sola ni un instante, era mi guardiana, mi protectora más fiel.
 ―Soy Satu, mi querida niña, padre de Daarten, y tú tras tatarabuelo.
No me dejó reaccionar y siguió hablándome, mientras me cogía con ternura de la mano.
―No te extrañes, Artemisia, antes de partir hacia mi destino, hacia «el gremio del tiempo», le pedí a mi hijo Daarten que nunca contara nada a sus descendientes, que todo estaba escrito ya y que ese día, el día de las explicaciones llegaría cuando tuviera que llegar y… ese día ha llegado.
Me remonté por un instante a aquellas sabias palabras de mi tatarabuelo al entregarme el pincel de pelo de unicornio: «Hija, este pincel de pelo de unicornio, es muy poderoso y a la vez terrible, solo alguien inocente y de buen corazón debería poseerlo y usarlo, en ti confío. Sobre todo te prohíbo usarlo con ira o con rabia; las consecuencias pueden ser trágicas, mírame a mí, hice un uso indebido una vez y…». Recordé también el cambio y la tristeza en su voz. Algo muy grande lo perturbaba o lo hería, cuando acabó diciéndome: «No lo uses a ciegas hija, su poder va más allá del raciocinio humano, mucho más incluso que de cualquier ser fantástico conocido, yo… yo pagué grave mi error, ahora… ahora he de dejarte mi niña pero, recuerda…». Recordé su expresión serena, pero melodiosa cuando su voz se volvió cadencia y me dijo al oído su secreto. Ahora lo entendía todo… lo que entonces me pareciera inconexo, de poca credibilidad y hasta fantasioso, ahora tomaba sentido. Pero eso no se lo diría a Satu, mí tras tatarabuelo, sería un secreto. Un testarazo en la nuca y la bronca de Satu me sacó de mis pensamientos de golpe. Detrás escuché la risa, tipo maullido de gata, de Aldora.



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Tarde comprendí mi error, mi magia había creado unos seres monstruosos y ahora, en este mismo instante, los dejaba atrás haciendo de las suyas. ¿Cuánta muerte y destrucción acababa de dejar detrás de mí por mi inoperancia y mi inexperiencia? Imposible de evaluar mentalmente, así que, tras acariciar el granítico lomo de mi fiel, y nueva, amiga Aldora, la obligué hacer un giro de ciento ochenta grados y me dispuse a morir luchando. No podía dejar que esas malvadas bestias, salidas de mi inexperta magia, sembraran aquellos floridos campos de amapolas con sangre inocente. «Si me viera mi profesor Alisteir ahora sí estaría orgulloso de mí» pensaba, mientras me brillaban los ojos de ira contra aquellas fieras sanguinarias, salidas de mi mano (o de mi ignorancia). No tenía ni idea del modo de derrotarlas pero moriría en el empeño si era necesario, no soportaría saber de la muerte de algún inocente por mi culpa.
Mi corazón se detuvo cuando mis ojos vieron aquella terrible y sangrienta escena justo debajo de mí y de Aldora: el pueblo se mostraba totalmente destruido. Los monstruos, los que había creado con mi magia, lo habían masacrado sin ningún pudor ni compasión… había llegado tarde, solo me encontré cuerpos desgarrados y sin vida, niños, mujeres, ancianos… incluso animales domésticos que servían para distraer a los niños y hacerles la vida más fácil y vivirla con más alegría, todos muertos… fuego y destrucción. Algo inhumano estalló en mi corazón, la rabia se apoderó de mí, mis ojos echaban fuego y parecieron enrojecer de ira y una sensación de poder (jamás sentida antes por mí) se apoderó de todo mí ser. Los busqué, no estaban lejos, aún se disputaban las últimas presas; estas, vivas, lloraban y gritaban pidiendo clemencia. Una clemencia que no obtenían y una a una eran desgarradas y torturadas hasta morir entre tremendas convulsiones y alaridos de terror, debido a la disputa entre varias bestias por quedarse con la «pieza». No esperé a ver más, la ira no me dejó pensar. Busqué en la bolsa, entre las pocas pertenencias que había podido salvar en la huida de mi guarida y mis dedos tropezaron con un objeto que ni recordaba que lo tenía: era un pincel de pelo de unicornio, jamás lo había utilizado (mi tatarabuelo me prohibió hacerlo si no había una buena razón para ello). ¡Hacía años que me había desaparecido de entre mis enseres! Fue regalo de un antepasado mío y, según él, un arma mortal en mis manos (si sabía usarla).
Mi tatarabuelo, llamado por sus enemigos, «Daarten», fue un místico brujo arconte, hoy retirado y viviendo en paz en los bosques de Seenyan, donde, al parecer, es muy querido y respetado por sus habitantes, los «Seenyus», seres azules, pequeños, muy vivaces y con grandes poderes curativos. Aún me parece escuchar su voz profunda y llena de sabiduría, cargada de resonantes notas musicales, hablaba pausado, como si entrecomillara cada frase o palabra: Volvió a mí su recuerdo y su sabia lección de vida: «Hija, este pincel de pelo de unicornio, es muy poderoso y a la vez terrible, solo alguien inocente y de buen corazón debería poseerlo y usarlo, en ti confío». Al mirarlo pude observar que, en poco tiempo, había perdido la lozanía de años atrás, recordaba mis años de adolescencia en la escuela de magia, donde también, mi tatarabuelo impartía clases de magia de defensa personal. He de decir que los magos y magas no envejecemos al mismo ritmo que los demás mortales y «Daarten», en poco tiempo parecía tener los años reales que tenía, mil novecientos treinta y tres. «No lo uses a ciegas hija, su poder va más allá del raciocinio humano, mucho más incluso que cualquier ser fantástico conocido, yo… yo pagué grave mi error, ahora… ahora he de dejarte mi niña pero, recuerda…». Su voz se volvió cadencia y acercándose al oído me contó su secreto.
Una vez lo tuve en las manos, solo tuve que dejar a mi ira y rabia en libertad y el pincel en sí pareció cobrar vida, dibujando en el aire seres horrorosos, jamás imaginados por mente alguna que, directamente, como si fuesen yo misma, se abalanzaron sobre las bestias y se las fueron comiendo una a una hasta hacerlas desaparecer a todas como si nunca hubieran existido. Si no hubiese podido contemplar desde el lomo de mi fiel amiga «Aldora» la destrucción completa del pueblo, convertido por aquellas bestias sanguinarias, creadas por mi pincel, en fuego, muerte y desolación… Después comprendí las pausadas palabras de mi tatarabuelo pero, ya fue tarde para volver atrás… tendría años y más años… para arrepentirme.


Relato con el que colaboré en Anaquel Literario en la novela de género fantástico: Violeta de Manganeso, publicación Anaquel Live 3 dónde además os podréis descargar GRATIS la novela.