Navegar sobre el río de lava ardiente sin abrasar mis propios sentimientos ni ahogarme en ellos...
Posted by Frank Spoiler 10:59:00


No había tiempo para pensar, Adrián nos miraba de una manera que no me gustaba demasiado y los dichosos engendros estaban tomando cuerpo.  Y nunca mejor dicho pues, de una manera que no sabría explicar, lo que estaba pasando allí era como una pesadilla, más parecida a «la invasión de los ladrones de cuerpos», una película del año 1956 dirigida por el cineasta Don Siegel y que a mí me había impresionado mucho cuando la vi años atrás en mi época de universitario y para mi tesis doctoral. Era una película donde, al parecer, unas semillas de origen extraterrestre se apoderaban de los cuerpos de los humanos mientras dormían, pero no de sus propios cuerpos sino que los clonaban tomando su forma y conocimientos. Y eso es justamente lo que estaba ocurriendo allí mismo, delante de nuestros ojos pues, en apenas unos minutos aquellas cuatro criaturas venidas de a saber dónde se habían transformado en nuestros tres compañeros muertos: Adrián, Andreína, Agustín y Raúl. Mi cabeza no estaba para pensar, no, no lo estaba, sin embargo sí estaba rabioso, muy rabioso, no solo creía haber perdido al amor de mi vida… otra vez, sino que estábamos a punto de perecer en manos de no sé qué tipo de engendros o monstruos.
— ¡Qué hacéis ahí parados como estúpidos, por el amor de Dios, corred!
El grito de desesperación que nos lanzó Blasco llegado de “no se sabía bien dónde”, me sacó de la abstracción y, dando un salto hacia atrás, corrí hacia Nadia y Jorge, que seguían paralizados de horror y, hasta creo que también lo estaban de asco pues, “aquello” en lo que habían convertido a nuestros amigos (o lo que fueran ya) era francamente asqueroso.
Blasco nos esperaba oculto tras unos matorrales con… ¡caballos! No le preguntamos de dónde los había sacado, simplemente nos dejamos guiar por él y corrimos como alma que nos lleva el diablo hacia ellos, eran dos hermosos corceles, los dos de color negro con un pelaje fino y brillante. No llevaban montura ni bridas por lo que nos miramos los tres intrigados y algo descolocados (Blasco, lógicamente,  no lo estaba) y nos volvió a gritar.
— ¡Samuel, monta tú con Nadia que yo iré en el otro con Jorge! ¡Corred y no preguntéis! ¡Agarraos a las crines bien fuerte, os va la vida en ello!
Blasco tenía razón y no había tiempo para hacer preguntas tontas así que, sin pensar más,  empujé a Nadia, «que parecía no haber salido de la impresión», saltando yo primero y subiéndola a ella después tirando de sus manos y haciendo que se agarrara fuertemente a mi cintura. Jorge y Blasco ya estaban en el caballo galopando como locos por entre diversas especies de árboles –nunca vistas antes por mí– y esquivándolos como podían. Detrás quedaban los que fueran nuestros amigos,  ahora convertidos en monstruos sedientos de sangre. Una cosa sí me pasó por la cabeza, «¿por qué no nos perseguían…?», no fue más que un segundo, el tiempo justo de sentir las cálidas manos de Nadia apretándome fuerte la cintura y me olvidé de todo, hasta de sentir miedo.
֍ ֍ ֍ ֍


             
No paramos hasta llegar a una vieja iglesia, vieja y derruida dónde un viejo nos hacía señales con la mano indicándonos que entráramos detrás de él.  Lo hicimos.
No nos quedaba otra y ordené que hicieran caso al viejo y entraran rápidamente en aquella vieja iglesia derruida. Una vez dentro, nadie supo cómo ni vio por dónde pero, el viejo… desapareció. Nadia me miró sorprendida, lo vi en sus grandes y hermosos ojos color violeta, en esos instantes también aterrorizados. Nunca me había visto así, «claro que hasta la fecha no sabía que yo estaba enamorado secretamente de ella y que por miedo a perder la amistad que nos unía, no me había atrevido a confesarle mi amor». No, ella nunca me había visto con tanta fortaleza y determinación, ni en sus mejores sueños. Los demás ni protestaron, sencillamente entraron y se acurrucaron frente a una vieja y destrozada escalera la cual,  seguramente, alguna vez habría llevado a un piso superior, tal vez hacia el campanario, ahora apenas conservaba tres o cuatro escalones. Los miré con firmeza y decidido. Blasco, estaba sentado en el primer escalón, temblaba como una hoja al viento y mantenía un gesto claro de incredulidad y pavor en su joven rostro. Su cabello rubio apenas era ahora una negruzca capa de hollín y lodo, y sus ojos marrones brillaban afiebrados, a un punto de la locura. Jorge, a su costado, no estaba en mejor estado que él, pese a tener un par de años más, estaba curtido y… era moreno. Blasco contaba con veintitrés años y Jorge con unos veinticinco aproximadamente. Los dos eran sanos y fuertes, atletas y no precisamente de gimnasio. Aunque ahora solo parecían niños asustados.
—¡Samuel! —escuché gritar horrorizada a Nadia, interrumpiendo mis pensamientos y haciendo que me girara vertiginosamente hacia el lugar de donde provenía su grito. Estaba junto a un ventanuco tapado por recias maderas pero éstas ya contaban con claros síntomas y muy severos de putrefacción, miraba afuera con los ojos des-encajados de terror, por una estrecha rendija de unos diez centímetros de alto por cinco de ancho, sus dientes entrechocaban entre sí al girarse hacia mí y hablarme.
—¡Samuel!  ¡Samuel! Dios… no saldremos vivos jamás de aquí, ya… ya vienen, están ahí fuera… y Adrián, nuestro Adrián… los viene guiando. Me aproximé a ella y la aparté abrazándola con cariño, estaba tranquilo, “algo”, no sabía el qué, me había cambiado, por extraño que pudiera parecerme hasta a mí, no tenía miedo… ahora sabía que no iba a consentir que nadie más muriera, todavía no sabía cómo lo haría pero esa seguridad me hacía estremecer… de orgullo.
Lo que vi por aquella rendija me lo confirmó… los ojos amarillos de Adrián, ¡Dios…! ahora sí lo entendía todo, Adrián, nuestro fuerte, audaz y valiente amigo, no fue jamás humano... ¡era una máquina!


Este relato forma parte de mi colaboración, junto a diversos autores, de la novela fantástica “EL AMO DE LA ISLA”. Siguiendo este enlace podréis descargárosla entera y… GRATIS.